domingo, 10 de enero de 2010

CAPITULO VIII: "El Rey Jeren" y CAPITULO IX: "Al otro lado del túnel del Velven"

8. EL REY JEREN
Desde aquella mañana en la que Llut había desaparecido como por arte de magia, dejando como prueba de su astucia un colchón cubierto de piedras que habían evitado que los detectores le delataran y un rafai raído que daba testimonio de su paso por los barracones, otros quince cunches (tantos como noches habían transcurrido) siguieron sus pasos, usando la misma estrategia estrenada por Llut y dejando también de regalo su rafai, intacto. Un obsequio que muchos consideraban una locura porque no acababan de encontrarle la gracia a aquello de marchar desnudo en plena noche. La única explicación, según algunos, era que habían decidido comenzar una nueva vida, deshaciéndose de todo lo que pudiera recordarles la que dejaban atrás. Otros opinaban que igualmente era una locura y que nada podía justificar ese afán por deshacerse de las ropas viejas porque ya tendrían tiempo más tarde, cuando consiguieran otra vestimenta mejor.
Sea como fuere, ninguno de los desaparecidos había mostrado previamente su determinación de abandonar Candai, ni habían hecho el más mínimo comentario a familiares o amigos.
Las conjeturas para dar explicación a sucesos tan extraños florecían por todas las esquinas y la que ganaba más adeptos era aquella que explicaba los hechos aseverando que Samuel Kiyama había decidido rescatar a un cunche cada noche pero, sin anunciar sus intenciones, llegaba amparado en la oscuridad nocturna, les desnudaba y les liberaba de su prisión para llevarles con él a una vida mejor, quizá en otro planeta muy lejano, donde Magmalignus y sus secuaces no pudieran alcanzarles. Samuel tenía poderes, todos allí lo habían comprobado. Era capaz de desmaterializarse y atravesar las gruesas paredes de los barracones. Sólo alguien así podría llevar a cabo una misión tan arriesgada.
Lo más preocupante era la pasividad con la que Magmalignus estaba afrontando la situación. Durante quince días hubo una nueva desaparición cada noche y él ni siquiera hizo acto de presencia en Kimismo. Tampoco había dado nuevas órdenes, ni incrementado las medidas de seguridad. Se mantenía un silencio total al respecto. Era una calma que anunciaba la peor de las tormentas.
El asunto se llevaba con el máximo secretismo, y la reacción ante la noticia de las siguientes desapariciones nada tuvo que ver con el revuelo que se formó cuando descubrieron la ausencia de Llut. Las siguientes se saldaron bajo la más absoluta discreción. Si el dispositivo que les controlaba cada mañana detectaba la ausencia de algún símbolo y, consecuentemente, de su titular, se mantenía un mutismo total. Ni el más leve comentario al respecto salía de boca de los guardias. Las filas de cunches continuaban hacia sus lugares de trabajo y regresaban a la noche sin que su ritmo diario sufriera alteración alguna.
Los prisioneros tenían conocimiento porque a cada nueva ausencia le seguía un rumor, que propagaban aquellos que dormían al lado del afortunado que había pasado a mejor vida, y se transmitía como fuego sobre pólvora, atravesando los barracones envuelto en humo de misterio y esperanza.



……



Altrus se enteró de la desaparición de otro cunche (y ya eran dieciséis) mientras desayunaba aquellos pequeños bichos verdosos de ocho patas, que eran sus preferidos por sabor y, además, muy recomendables por su gran contenido proteico, eso sí, siempre y cuando se tomasen vivos, ya que después de muertos perdían las proteínas en un instante. Para evitar ese descalabro alimenticio había un clon encargado de madrugar cada mañana para recogerlos en los campos cercanos, frescos, aún con el leve rocío de la noche bañándoles aquel caparazón crujiente que se deshacía entre los dientes de Altrus mientras terminaba de perfilar el plan a seguir con respecto a los prisioneros desaparecidos y a la posibilidad (casi certeza) de que el Kiyama estuviera implicado en el asunto.
Solía tomar el desayuno en su cama redonda, de tamaño colosal, ubicada en lo alto de un tubo acristalado que medía seis escais de alto y cuyo diámetro coincidía con el de la cama, alzándose majestuoso en medio de la sala vacía hasta alcanzar una altura próxima al techo. A Altrus le gustaba dormir tranquilo y, desde el episodio ocurrido en Candai (cuando el Kiyama conquistó Kimismo), había decidido tomar especiales medidas de seguridad para evitar que posibles simpatizantes pudieran atacarle en plena noche mientras dormía. Sabía que el poder atraía y alimentaba las enemistades.
Podría usar los poderes para delatar a sus supuestos atacantes simplemente haciendo que sus oídos emitieran un pitido que le despertara al más leve ruido, instalando alarmas o buscando otras muchas soluciones de las que estaban a su alcance. Pero con cualquiera de ellas necesitaría un mínimo tiempo de reacción para defenderse, y aquella lejanía del suelo (por donde llegaría el posible atacante) le proporcionaba ese espacio de tiempo necesario. Por otro lado, el tubo que sustentaba su cama disponía de sensores de todo tipo (de calor, de movimiento, de voz, etc.), silenciosos, que le avisarían sólo a él porque estaba en contacto directo a través de la cama en la que dormía, pero los asaltantes no recibirían tal aviso y jamás podrían saber que él estaba en guardia. Por supuesto, esa información sólo la conocía él y el ingeniero que lo diseñó, pero el ingeniero ya no representaba problema alguno porque murió en extrañas circunstancias tan pronto hubo terminado su trabajo.
El único inconveniente que tenía el artilugio era que resultaba laborioso subir y bajar de la cama. Tenía que hacerlo mediante una escalera mecánica que se descolgaba del techo cuando recibía una orden oral. El problema era que el mecanismo sólo obedecía la voz de Altrus, y eso se había convertido en un fastidio a la hora de tomar el desayuno, ya que debía bajar él mismo a buscarlo y volver a subir para tomarlo en la cama, como le gustaba.
--- ¿Me ha llamado, Señor? ---preguntó Mejun por telepatía desde el otro lado de la puerta de entrada al dormitorio.
---Sí, te he llamado. Quiero que mi hijo venga a visitarme porque necesito tener una charla con él. Que su cuidadora lo acompañe hasta aquí.
---Siempre a sus órdenes, Señor Altrus. ---contestó Mejún, con el servilismo que le había sido impuesto.
El experimento que estaba llevando a cabo en el planeta Zust ocupaba casi todo su tiempo, pero merecía la pena porque, si todo salía según lo previsto, incluso podría llegar a plantearse el hecho de prescindir de Kimismo y sus pobladores, que tantos problemas le habían causado durante los últimos años y a los que mantenía con vida únicamente por motivos sentimentales. Al fin y al cabo eran de su misma especie. Además, las minas ya estaban agotando su mineral de fácil extracción. Sacar el zafran resultaba cada vez más difícil y la producción se había reducido a menos de la mitad en los últimos cinco años. No significaba que hubiera escasez de ese mineral, el problema era que para extraerlo se necesitaba maquinaria para hacer la labor que hasta entonces habían estado desarrollando los cunches. Pero si las máquinas hacían todo el trabajo… ¿en qué los iba a ocupar? Tampoco era cuestión de mantenerles viviendo a la sopa boba o trabajando únicamente para fabricar las pastillas que comían y los rafais que vestían.
Aunque allá en un recóndito lugar de su alma guardaba un poco de cariño para aquella especie a la que él mismo pertenecía, mantenerles con vida simplemente para conservarla era una opción que le resultaba demasiado cara porque significaba dedicar todo un ejército de clones para controlar que la situación no se desbocara en Kimismo. Y además, en los últimos años, le habían causado más disgustos de los que podía soportar. Eran muy ingratos. Él, que les había mantenido con vida, les daba comida, vestimenta y un lugar para refugiarse… y, a pesar de todo eso, le habían traicionado tan pronto un Kiyama apareció en escena, sin importarles que fuera descendiente de aquellos que, mucho tiempo atrás, habían huido abandonándoles a su suerte. Definitivamente, no merecían la vida que les proporcionaba.
En Zust todo sería diferente. Las prospecciones realizadas habían dado como resultado que se trataba de un planeta muy rico en minerales y de muy fácil extracción en la mayoría de los casos, ya que se encontraba depositado sobre la superficie.
Lo poblaría con clones que se encargarían de realizar el trabajo en las minas. Los clones eran más longevos (duraban tantos años como sus conexiones se mantuvieran en perfecto estado), no envejecían, por lo que siempre mantenían el mismo ritmo de trabajo y, desde luego, resultaban mucho menos problemáticos que los cunches.
Con toda la riqueza que prometía aquel planeta podría doblar su flota de naves y lanzarse de lleno a la conquista del planeta Alamed, donde había detectado la presencia de vida inteligente (aunque todavía sin desarrollar, en estado primitivo), según había comprobado él mismo al participar en una de las expediciones.
Los alameditas (así les había bautizado) eran una raza cuyo aspecto físico podría calificarse de horrible. Su cuerpo tenía forma cilíndrica. Por el centro delantero sobresalía una protuberancia que se ramificaba en dos, formando una especie de enganches a modo pinzas. La parte inferior del tronco la remataban cuatro patas delgadas que se apoyaban en el suelo sobre un ensanchamiento con forma de almohadilla. Aún le resultaba un misterio la manera en que desarrollaban sus funciones vitales ya que, a simple vista, no había observado que tuvieran boca, nariz, oídos ni ojos. Eran tan desagradables que ya se había planteado su destrucción tras la conquista. Le resultaría totalmente imposible soportar la presencia, aunque fuera puntual, de aquellos espantosos seres que, no obstante, eran inteligentes y se habían adueñado del planeta arrinconando a las demás especies que lo habitaban. Pero, por fortuna, su desconocimiento del espacio era casi total. No habían salido nunca de su territorio, pero ya tenían científicos investigando la forma de hacerlo y también estudiaban el espacio a través de observadores, aunque de momento su conocimiento se basaba en meras conjeturas.
Zust y Alamed requerían ahora todo su tiempo. Ese era el motivo por el cual debía dejar Kimismo en manos de su hijo Jeren, entretanto no decidiera la suerte que debían correr tanto el planeta como sus habitantes.
Aunque le había robado más de una vez el sueño, de momento se engañaba a sí mismo pensando que no le preocupaba en demasía lo que pudiera estar ocurriendo en Kimismo. Desde luego el Kiyama no se iba a salir con la suya de ninguna de las maneras y, en el supuesto de que siguiera con vida y estuviera tramando otra vez la liberación, se entretendría durante un tiempo jugando con él y cuando se cansara del juego, le capturaría y le traería a Atia. No deseaba su muerte sino su captura, para tenerle a su merced, sufriendo como se merecía por haber tenido la osadía de retarle.
Sin embargo aquella era una buena ocasión para que Jeren adquiriera práctica en el mando, que probara sus glorias y sus penas, que aprendiera lo que significaba dedicar una vida completa al servicio de los demás y recibir ingratitudes como pago, que se fuera bregando en esos asuntos que le convertirían en un útil colaborador para la conquista de Alamed (el último planeta que le quedaba por gobernar en la Galaxia “La Gran Luz”) y lanzarse después a la conquista de la Galaxia más cercana, a la que ya había puesto el nombre de “Sendero negro”, por su forma alargada y su color, más oscuro de lo normal.
Jeren era su nieto (aunque todos le suponían hijo, incluso el propio Jeren), el único que tenía sangre de su sangre. No había conocido más parientes desde que decidió dar muerte a su único hermano, el antiguo Rey Kiyama, a quien tanto había odiado porque todos le amaban y tanto había echado de menos posteriormente, porque necesitaba tener a alguien que le considerase su igual, que si alguna vez se equivocaba se lo pusiera de manifiesto... Por el contrario, estaba rodeado de aduladores, de fríos y robotizados clones, de kimismanos serviles que un día se unieron a él bajo la esperanza de una vida eterna (que ahora tanto detestaban) y para evitar correr la misma suerte que muchos otros que aquel día terminaron su vida desangrados en las calles de Candai.
Jeren no había dado señas de poseer los poderes que prometía (al parecer su hermano gemelo Rio los había acaparado todos en el vientre materno) y aquella señal en forma de planeta que tenía en el vientre no era más que una mera mancha que fue desapareciendo con el tiempo. Un engaño que le había llevado a cometer un error garrafal. Si por lo menos hubiera escogido al otro niño, a Rio, podría valerse de sus poderes. Con un poco de suerte, habría muerto durante la destrucción del palacio y jamás podría hacer uso de ellos.




……..



A sus once años de edad, Jeren podía contar con los dedos de las manos las veces que había salido del ala sur del palacio. Y todas ellas habían sido para ir a la última planta, requerido por su padre.
El ala sur de la planta baja estaba dedicada a sus aposentos. Allí era donde dormía, comía y recibía clases. La sala incluso disponía de un laboratorio y un gimnasio para él solo. En la amplia estancia también había cabida para una pequeña habitación que ocupaba su cuidadora, Alduna, un robot con forma exterior muy similar al resto, pero que difería en algunos detalles, tales como que su voz era más suave y agradable que el resto de los clones. Además tenía unos rasgos finos y hermosos. En conjunto su aspecto general resultaba muy delicado. El profesor de cosmos le había explicado que esas diferencias se debían a que Alduna era una hembra y que, si conseguía verla desnuda, podría comprobar que había más diferencias. Pero, a pesar de las reiteradas preguntas de Jeren, el profesor nunca le quiso explicar en qué consistían esas diferencias, que aún le seguían intrigando y le incitaban a permanecer atento cuando Alduna se agachaba, se acostaba o hacía cualquier movimiento a través del cual se pudiera percibir alguna de esas malformaciones que la hacían diferente a los demás.
Alduna cuidó de él desde que era un bebé. Había sido programada para proporcionarle todas las atenciones que su diseñador consideró necesarias para un niño pequeño. Tampoco obviaron incluir en su vocabulario todo un repertorio de frases cariñosas que, no obstante, resultaban artificiales porque las repetía cuando se daban idénticas circunstancias. Las regañinas también se componían siempre de las mismas palabras, que saltaban como un resorte cuando Jeren cometía algún pequeño quebranto que estaba incluido en la programación de la cuidadora.
Ella hacía y decía lo mismo cada día y cada noche, al levantarle y al acostarle. Resultaba tremendamente aburrido. Todos los días le despertaba en el mismo momento, le obligaba a comer en el instante previsto, a estudiar cuando estaba estipulado y asearse cuando su programa lo indicaba. Si se producía alguna discordancia ella se bloqueaba, pulsaba un botón que llevaba instalado en la parte trasera de la oreja izquierda y un técnico (generalmente el profesor de Tecnología) acudía de inmediato para ver qué estaba ocurriendo y restaurar la normalidad. No obstante, Jeren la quería. Era la única madre que había conocido.
Aquella mañana habían recibido un mensaje de Mejun comunicándoles que El Gran Altrus deseaba ver a su hijo, por lo tanto Alduna debía acompañarle hasta sus aposentos.
Ya había ocurrido en otras ocasiones. Cuando su padre regresaba de alguno de sus interminables y constantes viajes, solicitaba que su hijo acudiera a su presencia, quizá para que el regreso no resultara tan frío y lo rodeara ese ambiente familiar que debe tener toda vuelta a casa. Pero a Jeren le fastidiaba toda esa parafernalia que envolvía el encuentro. Además la presencia de Altrus le provocaba pánico. Por eso hubiera preferido que obviara esos absurdos encuentros, que también eran repetitivos, como casi todo en Atia. Siempre ocurría lo mismo. Alduna le acompañaba hasta la puerta, pedía permiso para entrar, le soltaba en medio de aquella enorme sala decorada en un siniestro color negro, donde él debía permanecer inmóvil y con la cabeza gacha en señal de respeto, mientras la cuidadora permanecía presente pero en un segundo plano, un poco alejada de Jeren. Luego llegaban las tres preguntas que su padre le dirigía desde el diván sobre el que descansaba: “¿Tuviste algún problema en mi ausencia? ¿Te has portado bien? ¿Has aprendido todo lo que te han enseñado tus profesores?”. Jeren pronunciaba los tres “sí”, calibrando un tono de voz capaz de hacerse oír sin llegar a ser ofensivo, ni por alto ni por bajo. Acto seguido Altrus daba orden a Alduna para que se retirasen y quedaba satisfecho porque había cumplido con su obligación de padre.
--- ¡Vamos, mi pequeño! No debemos hacer esperar a tu padre.---dijo Alduna empleando el tono programado para esas ocasiones.
Jeren la siguió hasta el confín de sus dominios y se dispusieron a cruzar la gran puerta corrediza, cuya inteligencia artificial podía reconocer las voces autorizadas para permitirles el acceso (que era la de Altrus, Mejun y Alduna). Acto seguido la puerta volvía a plegarse para ejercer su función de guardián, permaneciendo cerrada a cal y canto día y noche. Alduna pronunció la frase convenida (“Deseamos salir”) y pulsó el botón negro, que también hacía funciones de ojo derecho de aquel horripilante bicho que pretendía decorar la parte central de la puerta con su espantosa anatomía en forma de dragón con tres cabezas y cuerpo esférico rematado por nueve patas.
Lentamente la puerta se fue abriendo para dar acceso a un amplio pasillo, exento de muebles o cualquier otro tipo de decoración y bañado por un color rojo intenso que hería la vista y producía desasosiego en el alma. Atravesando el largo corredor se desplazaba una gran caja que, a paso lento, se dirigía hacia ellos avanzando a través de unos raíles laterales. Era su transportador particular, que esperaba pacientemente al fondo del pasillo hasta que alguien autorizado pulsara el ojo del dragón, y entonces acudía solícito para transportar al viajero hasta la parte del palacio que deseara. En un cuadro de mandos presentaba un amplio surtido de botones, dibujados con distintos símbolos, que representan los destinos a elegir.
La caja se abrió desplegando sus dos puertas hacia el exterior. Entraron los dos a la par y Alduna pulsó el botón color amarillo limón que destacaba sobre los demás (más discretos porque empleaban colores que oscilaban entre el marrón claro y el negro). Pero el pulsador que conducía a los aposentos de Altrus debía tener un color muy diferenciado, para que nadie pudiera alegar confusión si era transportado allí sin ser requerido.
Aquel rudimentario medio de transporte era muy criticado por los profesores de Jeren. Todos ellos coincidían en que debía ser reemplazado por otro más moderno, similar a los que estaban a disposición de Altrus. El niño nunca había visto esos modernos aparatos, pero al parecer decoraban uno de sus laterales con una imagen de toda la estructura del palacio y simplemente había que colocar un dedo sobre el lugar elegido para que el transportador se pusiera en marcha hacia aquel lugar.
El trayecto transcurrió en silencio. Jeren deseaba que todo terminara lo antes posible para regresar a la seguridad de sus dominios. Contestaría con un “sí” respetuoso y sumiso a cada una de las tres preguntas que su padre solía formularle, después les ordenaría retirarse y regresaría a su habitación, ya con la tranquilidad de que pasaría mucho tiempo hasta la siguiente visita.
Cuando llegaron a su destino, el transportador abrió sus puertas hacia la gran pared que limitaba los aposentos de Altrus y que, tras la última reforma del palacio, se presentaba completamente revestida en zafran pintado de negro y tallada en alto relieve hasta el punto de que no cabía una figura o dibujo más en toda su amplia extensión. Uno de los profesores le había contado a Jeren que en aquella pared se representaban todas las batallas espaciales de su padre. Jeren pensó que las últimas odiseas las habría tallado en algún otro lugar porque allí ya no cabían más naves, ni satélites, ni animales de formas extrañas. Entre todo aquel laberinto de figuras, fijó su mirada en una escena que se representaba en la parte inferior izquierda, justo limitando con el suelo. Captó su atención por la similitud que el animal allí tallado tenía con los de la especie kimismana. De hecho las diferencias eran escasas: tenía cinco dedos en cada mano en vez de seis, la blanca tersura de su piel en contraste con la tez rugosa y oscura de los kimismanos, y engalanaba su cabeza con unos extraños filamentos que ocultaban las orejas. Ese ser dormía plácidamente sobre una base que simulaba una nave aplastada, rodeado de decenas de kimismanos que velaban su sueño, tan concentrados en lo que parecía ser su héroe que no se percataban de que, desde lo alto, la Altrustia había abierto sus compuertas para lanzar cientos de “lanzastum” que les destruirían a todos. ¿Sería real ese extraño héroe? ¿Por qué le observaban con tanta reverencia los kimismanos?
---Gran Señor Altrus. Soy Alduna, acompañando a su hijo, como ordenó.
Jeren estaba tan inmiscuido en la escena que no se había percatado de que Alduna ya se había presentado a su padre hablando a través del aparato de comunicación que había en el exterior de la habitación, y estaban a punto de ser recibidos.
Como obra de una mano mágica, en el centro de la pared se recortó un rectángulo con la amplitud suficiente para permitir el paso a una persona. El rectángulo desapareció enseguida por la parte superior, como si el techo lo tragara, dando acceso a la gran sala negra como la noche, iluminada por cuatro calaveras cuya luz manaba a través del hueco que habían dejado los ojos de aquel animal cuya característica principal era que los tenía ubicados en lo alto del cráneo. Las lámparas estaban colocadas a ras del suelo y la luz brotaba por el hueco de los ojos para expandirse con timidez por toda la estancia, creando un ambiente tétrico envuelto en misterio.
Como único mobiliario, la sala tenía un gran tubo (coronado por la cama en la que descansaba Altrus por las noches) y una especie de diván donde solía recibir a las visitas. Su profesor de arquitectura le había comentado que casi nadie había visto el resto de las salas privadas de Altrus, al parecer majestuosas y dotadas de aparatos tecnológicos solamente conocidos por él y el ingeniero que los diseñó.
En esos momentos su padre descansaba sobre el enorme diván, cuyo tapizado blanco destacaba en el lateral derecho de la habitación acaparando toda la atención. Había sido diseñado especialmente para él, a su medida (nadie más alcanzaba tan elevada estatura) y el material gelatinoso que lo formaba tenía la propiedad de mantener su dureza para darle consistencia, salvo en las zonas que estaban directamente en contacto con el cuerpo de Altrus, donde una reacción al calor corporal lo tornaba blando para adaptarlo a su fisonomía como un guante.
---Alduna, retírate y espera fuera. ---dijo Altrus, haciendo una señal con el brazo, que oscilaba entre la indiferencia y el desprecio, para indicarle que desapareciera de su vista.
---Como ordene, Gran Señor. ---contestó Alduna, un poco desconcertada, ya que siempre estaba presente durante las entrevistas que tenía Jeren con su padre.
Desde su posición firme, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la mirada clavada en el suelo, Jeren escuchó cómo el gran rectángulo que les había permitido el acceso volvía a desplegarse tras la salida de Alduna, dejando la estancia herméticamente cerrada, y a él con la sensación de que no se estaba siguiendo el protocolo de las otras veces, que su padre no formularía las tres preguntas de rigor y que algo extraño y grave estaba ocurriendo.
---Como hijo mío que eres, la vida te depara unas responsabilidades que están muy por encima de las que tienen los que nos rodean… ---con esas palabras, envueltas en formalismo, comenzó Altrus lo que prometía ser un largo discurso que amenazaba con poner fin a la despreocupada vida que hasta entonces había llevado Jeren.
Hizo una pausa y miró a su hijo. Jeren se limitó a asentir con la cabeza.
---Sabes también que nos diferenciamos de los que nos rodean por nuestros poderes e inteligencia superior… ---continuó Altrus---. Ellos trabajan para nosotros, nos obedecen y nos temen, y así tiene que ser. Debemos guardar nuestros secretos, jamás desvelar el origen de nuestros poderes y mucho menos su alcance. Debemos mostrar públicamente sólo una pequeña parte de nosotros mismos, lo mismo que esta sala donde recibo a las visitas. Es austera, sin muebles ni decoración… pero observa esas escaleras que culminan en aquella puerta…
Altrus apuntaba con el dedo hacia su derecha.
Jeren miró al lugar indicado. ¿Cómo era posible que jamás hubiera reparado en ella? Quizá porque el miedo que sentía ante la presencia de su padre le impedía observar cualquier otra cosa que no fueran los modales que debía utilizar para no ofenderle. La puerta a la que se refería Altrus (negra como el resto de la estancia) formaba un arco en la parte superior y una pequeña ranura la separaba de la pared, dejando una abertura por la que se colaba una luz roja, misteriosa, capaz de imprimir miedo, respeto y curiosidad a la vez. Su forma, ubicación y tamaño estaban estudiados para que el visitante tuviera la sensación de que tras ella se ocultaba algo sobrenatural. Su fuerza produjo en Jeren un escalofrío que recorrió todo su cuerpo en un instante, con billete de ida y vuelta de pies a cabeza y de cabeza a pies.
---A ti también de produce temor ¿verdad?
---Sí, Gran Altrus… ---contestó Jeren.
---Esa es su misión. Dar a entender que todo está oculto tras ella, que conduce a un lugar misterioso y desconocido al que nadie tiene acceso. Tenemos mucho poder, pero debemos simular que tenemos muchísimo más aún… ¿Me comprendes?
---Sí, Gran Altrus.
---No olvides jamás esta lección. Nunca confraternices con nadie, no muestres tus sentimientos, enseña solamente la punta de tus poderes y deja entrever que ocultas otros muchos, los más importantes. Mantente digno, erguido, soberbio y enigmático. Sólo así te temerán. Y si te temen, te respetarán. ---decía Altrus en tono pausado y dejando asomar un atisbo de preocupación en sus enormes ojos negros.
---Sí Gran Altrus. ---contestó Jeren al ver que su padre hacía una pausa y le miraba, esperando su respuesta, que debía ser afirmativa, por supuesto.
---Tengo reservada una gran misión para ti. Eres mi hijo y debes comenzar a tomar responsabilidades.
Altrus hizo una pausa y miró hacia la puerta, que se abrió de nuevo para ceder el paso a Mejún que, desde la entrada, solicitaba permiso para acercarse.
--- ¡Para eso te hice llamar, imbécil! ---contestó Altrus con desdén, soltando un bufido por los dos agujeros de su trompa elefantina.
---Aquí estoy, siempre a sus órdenes, Gran Señor. ---contestó Mejún, obviando los insultos, a los que ya estaba más que acostumbrado.
---Estoy hablando con mi hijo y quiero que tú estés presente, pero sólo intervendrás si yo lo exijo ¿entendido?
El malhumor repentino dibujaba pliegues en la escamosa piel color verde musgo que lucía Altrus.
---Sí, Gran Señor.
Mejún permaneció junto a la puerta, sin atreverse a avanzar ni un paso más.
---Como te comentaba… tengo reservada una misión para ti. Supongo que tu profesor del Cosmos te habrá hablado del planeta Kimismo… ---dijo, retomando su tono de voz paternal para dirigirse a Jeren.
---Sí, Gran Altrus, allí viven los kimismanos, que son de nuestra raza.
Jeren se arriesgó a componer una frase y exhibirla ante su padre.
---Mas o menos… Son de nuestra raza, pero carecen de poderes e inteligencia. Allí tengo un centro de trabajo que está ubicado en la ciudad de Candai, la única del planeta, con el fin de extraer minerales que utilizo para la fabricación de armas y naves. Esos trabajos los realizan los cunches y, para controlarles, hay un batallón de clones capitaneados por un Jefe. De un tiempo a esta parte han surgido una serie de problemas, que en principio parecían absurdos, pero puede que no lo sean tanto. La cuestión es que está desapareciendo un cunche cada noche, dejando como único rastro su rafai intacto y unas piedras colocadas en el colchón sobre el que duerme, con el fin de burlar los detectores de presión. Por eso quiero que te traslades a Kimismo, acompañado de un lugarteniente como el mío. ----dijo Magmalignus señalando a Mejún--- y trates de controlar la situación.
--- ¿Yo, Gran Altrus? Pero… carezco de experiencia ---contestó Jeren, atónico ante su nueva responsabilidad.
---Como te estaba diciendo… un lugarteniente especializado estará a tu disposición y te aconsejará debidamente. Se llama Yute y ha sido diseñado por Zarret, nuestro Jefe de Laboratorio, insertándole un chip con los mismos conocimientos y experiencia que posee Mejún.
--- ¿Y me acompañará Alduna también? ---se atrevió a preguntar Jeren, mostrando al niño que aún era.
---Por supuesto… Alduna se encargará de tus necesidades primarias, como darte de comer, preparar la ropa… También te acompañarán tus profesores de cosmos, espacio y universo, ciencias oscuras, diseño y pilotaje de naves, poderes y su uso, física y química avanzadas, tecnología, conservación corporal… y no sé si se me olvida alguno.
---Están todos, Gran Altrus.
---Presta atención Mejun, porque tú serás el encargado de poner en conocimiento de Yute los detalles de la misión que hay que cumplir en Kimismo.
---Le escucho, Gran Señor.
Altrus tragó saliva y comenzó a dar sus instrucciones directamente a Mejun, obviando a Jeren, que aprovechó la falta de atención para mover un poco los pies y cambiar de postura.
---El Kiyama es quien está llevándose a los cunches por las noches. Es su modo de “liberarles” y los mantendrá escondidos en algún lugar, quizás en el mismo sitio donde se ha ocultado él durante todos estos años, mientras nosotros le creíamos muerto en la explosión del palacio.
Jeren se moría de ganas de preguntar quién era el Kiyama. Jamás había oído hablar de él, pero suponía que era alguien muy valiente porque osaba retar a su padre, el Señor del Universo. Y, por las palabras de Altrus, dedujo que ya no era la primera vez que lo hacía y aún no habían conseguido terminar con él.
---El Kiyama, no sabemos si solo o acompañado… ---continuó Altrus, dando ya por cierto el hecho de que Samuel continuaba con vida--- se oculta en algún lugar de Kimismo. Y mi plan consiste en elaborar un virus mortal que ataque a todo vegetal comestible, exceptuando la zona del sur donde habitan los grandes animales. No creo que se haya escondido tan lejos.
--- ¡¿Un virus que ataque a todo lo comestible, Gran Señor?!
Mejún no salía de su asombro. ¡Desaparecería toda la flora y fauna del planeta!
---Sí, eso mismo acabo de decir. El Kiyama tiene que alimentarse todos los días, se supone… Cuando salgas de aquí, irás derecho al laboratorio y encargarás un virus que ataque a toda planta viviente y que resulte letal para quien se alimente de ellas. Tendrá efecto durante cuatro días y pasado ese tiempo se expandirá el antídoto para que la población vegetal se recupere. ¿Comprendido?
---Sí, Gran Señor. Pero… ¿y los cunches? Ellos recogen cada día la planta owana para fabricar las galletas que comen… ---sugirió Mejun con timidez, temiendo que la solución a su pregunta fuera tan obvia que Altrus le dejara como un perfecto idiota.
--- ¡Aún no he terminado, imbécil! Es evidente que durante esos cuatro días no se puede recoger la owana, hasta que se le administre el antídoto. Pero los cunches tienen suficientes reservas de galletas para sobrevivir esos cuatro días y sino… tampoco les va a ocurrir nada porque hagan algo de dieta, JA, JA, JA. ---contestó con ironía.
--- ¿Y los animales pequeños, Gran Señor? Morirán todos…
---No necesariamente. Zarret, nuestro Jefe de Laboratorio, ya sabe cómo tiene que hacer las cosas. El virus que atacará a la vegetación contiene un somnífero que mantendrá a los pequeños animales durmiendo durante esos cuatro días y, por lo tanto, no comerán. Sin embargo, no le hará efecto al Kiyama ni a los suyos, si es que alguno de ellos sobrevivió con él. A ellos les matará porque el virus tiene efectos somníferos para los animales, pero resulta mortal para los kimismanos porque ataca un gen que sólo ellos poseen y del que carecen los animales. ---explicó Altrus, con una siniestra sonrisa triunfal.
---Y… Gran Señor… Acaba de ordenar que ese virus se fabrique esta misma tarde… ¿cuándo partiremos hacia Kimismo?
---Para empezar, tú no irás a Kimismo porque te necesito aquí. El que acompañará a Jeren se llama Yute y, a partir de este momento, tomará las funciones de lugarteniente de mi hijo, el nuevo gobernante de Kimismo. Y repito, para que no haya interpretaciones erróneas: el virus tiene que estar preparado esta misma tarde, se expandirá desde una nave y en cuanto tome contacto con las plantas tendrá efecto mortal para cualquier kimismano que se alimente de ellas. Por supuesto, el polvo diseñado tendrá el peso suficiente para caer al suelo, adherirse a la planta sin que pueda ser detectado y dejar el aire libre de ese efecto. Las plantas no morirán, sólo se contaminarán y, cuando se les suministre el antídoto, quedarán a salvo otra vez. Los animales despertarán de su letargo y todo continuará igual, salvo que el Kiyama habrá muerto. ¿Lo tienes claro ya?
---Sí, Gran Señor.
---Pues corre al laboratorio y hazles saber mi decisión. Que dejen todo lo que tengan entre manos y se pongan a trabajar en el virus, que deberá estar desarrollado esta misma tarde. Ah, y recuérdale a Zarret que Yute también debe estar preparado a la par que el virus. Parten juntos hacia Kimismo, JA, JA, JA.
--- Como ordene, Gran Señor.---contestó Mejún mientras hacía la reverencia de inclinación de cabeza, para luego salir caminando hacia atrás y no dar la espalda a Altrus, pues sería una señal inconfundible de falta de respeto.
A la marcha del lugarteniente siguieron unos momentos de tenso silencio. Altrus seguía acomodado en su diván con gesto pensativo, como si estuviera rememorando todas las órdenes dadas a Mejún para comprobar si se había olvidado algo.
Jeren seguía en la misma posición, sin mover un solo músculo, paralizado por el miedo y el respeto que le infundía la presencia de Altrus. Se sentía desbordado ante la nueva responsabilidad que se avecinaba. Además, en una parte recóndita de su alma, había anidado un sentimiento de respeto y admiración hacia el Kiyama, valiente hasta el extremo de poner en jaque al Gran Altrus. Su padre, con todos sus poderes, no había logrado convertirse en su héroe infantil, y ese desconocido lo había conseguido en tan sólo unos momentos. No deseaba verle muerto, sino que le gustaría conocerle y tener ocasión de hablar con él. Varias veces estuvo a punto de interrumpir para preguntar quién era ese tal Kiyama, pero logró contenerse por miedo a hacer enfadar a su padre y a las consecuencias que eso le podía acarrear.
---Puedes retirarte. Alduna te está esperando en el pasillo. Prepara tus cosas porque te vas a Kimismo tan pronto el virus esté fabricado. Yo me encargaré de avisar a tus profesores para que te acompañen también. ---dijo Altrus, haciendo un gesto con su mano para indicar la puerta de entrada, dando a entender a Jeren que desapareciera cuanto antes porque su presencia ya le incomodaba.
Jeren también salió caminando hacia atrás, como había visto hacer a Mejún.
Sintió como todos los músculos de su cuerpo se relajaban tan pronto la aparatosa puerta completó la pared que le separaba definitivamente de su padre, quizá para siempre.
--- ¿Qué pasó ahí dentro, mi pequeño? Tardaste más de lo normal…
Alduna acompañó su pregunta con ese raro gesto de fruncir el entrecejo, que solía emplear en todas las ocasiones en las que ella consideraba que los límites de la normalidad habían resultado rebasados para bien o para mal.
--- ¡Nos vamos a vivir a Kimismo! ---exclamó Jeren, mientras se subían al ascensor que le llevaba de vuelta a sus aposentos, sonriendo entusiasmado por la independencia que le supondría la lejanía de su padre.
--- ¿Qué es Kimismo?
--- Un lejano planeta del que provienen nuestros antepasados. No preguntes más, ya lo verás cuando lleguemos. ---dijo Jeren al volver a encontrarse con el entrecejo fruncido de Alduna---. Prepara las cosas porque creo que saldremos esta misma tarde. Quiero que llevemos toda mi ropa. Puede que allí no haya donde conseguirla. También mis ordenadores. Que no se te olvide meterlos en el equipaje.
Estaba nervioso y entusiasmado a la vez, pensando en la nueva vida que le esperaba lejos de la tiranía de su padre.
---No te preocupes, mi pequeño, no se me olvidará…
Jeren pensó que tendría que buscar la forma de quitar la coletilla “mi pequeño” del repertorio de Alduna. Antes le gustaba, porque eran las únicas palabras cariñosas que escuchaba, pero de un tiempo a esta parte las encontraba cursis y comenzaban a molestarle. Hasta le ponían de mal humor.
En cuanto el ascensor les apeó delante de la puerta de entrada a sus habitaciones, comenzaron las prisas y los agobios para preparar la partida hacia Kimismo. Suerte que la austeridad reinaba en Atia como consorte de Altrus y no tenían demasiadas pertenencias personales. Las ropas se limitaban a los cinco rafais de rigor, también estaban algunos útiles de aseo, los tres ordenadores personales de Jeren y algunos juegos. El transporte del material escolar corría a cargo de los profesores y ocupaba un espacio reducido debido a que la mayor parte de los conocimientos ya habían sido almacenados en un chip que Jeren llevaba insertado en el cerebro.
Solicitaron dos asistentes para encomendarles el embalaje de los ordenadores en cajas perfectamente ajustables a su tamaño, así como la recogida de la ropa y de algunos juguetes que permanecían dormidos en las esquinas de la sala. Después pidieron un pequeño contenedor para colocar en él las cajas y dieron orden de que lo subieran a la nave que les transportaría a Kimismo.
La habitación quedó vacía antes de lo esperado, y el frenesí que mantuvo su mente ocupada durante la preparación del traslado dio paso a la nostalgia de dejar un mundo dominado y conocido por otro extraño al que tendrían que habituarse.
Sentados uno a cada lado del colchón desnudo, donde hasta entonces había dormido Jeren, cada uno se debatía con sus nostalgias e inquietudes. Jeren se preguntaba cómo sería Kimismo, a quién encontraría allí, si llegaría a conocer al Kiyama antes de que su padre le matara, si su nuevo héroe tendría la astucia suficiente para burlar el ataque de Altrus. Ojalá fuera así, porque deseaba conocerle.
En la mente de Alduna no se habían incluido preocupaciones ni nostalgias pero, fruto del paso de los años y del trato diario con Jeren, ella había ido incrementando su programación a base de copiar gestos y sentimientos que observaba en el niño. Y en ocasiones su mirada adquiría una tristeza y una preocupación inusual, como reflejo de las cavilaciones que surcaban su cableado interior y que no habían sido incluidas por su diseñador. Se peguntaba cómo afectaría el traslado a Jeren, cómo encajaría el hecho de dejar todo su universo conocido por un mundo ajeno y quizá plagado de trampas.
--- Jefe Jeren, todo está dispuesto, partimos tan pronto lo ordene. ---era la voz de Yute, que telepáticamente se había puesto en contacto con él para convenir la marcha.
---Estoy preparado, venga a recogerme a mis aposentos. ---ordenó Jeren, tratando de adaptarse a su nueva posición.
---Voy ahora mismo, Jefe Jeren. ---concluyó Yute.
Le sonaba raro el nuevo trato que le estaban dispensando, pero le gustaba porque le hacía sentirse importante y, sobre todo, mayor.
--- Llegó el momento, ya vienen a buscarnos. ---dijo Jeren, propinando un toque cariñoso en el hombro de Alduna.
---Vamos, mi pequeño, vamos en busca de nuestro nuevo destino. ---contestó ella con una nostalgia que sobrecogió a Jeren e hizo que las lágrimas inundaran sus ojos.
Cuando Yute llegó en ascensor ellos ya le estaban esperando fuera de la habitación, pero mantenían la puerta abierta para echar un último vistazo a todo lo que había en ella, obligando a su memoria a hacer un esfuerzo para retener cada detalle y poder regresar allí, a través de los recuerdos, cuantas veces la nostalgia lo demandase.
Subieron al ascensor en silencio y Yute fue el encargado de pulsar el botón que les trasladaría hasta el interior de la nave.
Jeren conoció a Yute en ese preciso instante, nunca le había visto antes. Su padre le había dicho que era similar a Mejun, pero no acababa de encontrar esas semejanzas. Ante él se presentaba un espécimen de mirada sombría y severa, gran corpulencia enmarcada dentro de una enorme joroba que sobresalía de su espalda como un apósito y unas orejas que apuntaban al cielo en toda su extensión, que no era poca. En cambio Mejun gozaba de un físico agradable y proporcionado, así como de unas facciones limpias que inducían a la confianza.
El ascensor dio por terminado el corto viaje y abrió sus puertas hacia una sala redonda, ubicada en el interior de la nave, donde todos sus profesores y diez guardias habían ocupado los asientos adosados a la circunferencia exterior y esperaban la partida equipados con sus protectores de metal que se bajaban de los laterales y cubrían la cabeza y el tronco, con la finalidad de asegurar que el cuerpo se mantuviera en los asientos cuando faltara la fuerza de la gravedad.
Jeren se quedó estancado y boquiabierto al ver que el séquito que le acompañaba ya estaba dispuesto para el viaje, inmovilizados y acomodados en aquella sala con el suelo inundado de luces que abarcaban todo el espectro luminoso y las paredes forradas de pantallas de ordenador emitiendo constantes imágenes de una parte del Universo conocido. En contraste, el techo formaba una bóveda desnuda, carente de cualquier ornamento.
---Sígame por aquí, Jefe Jeren. ---dijo Yute, a la par que se ponía en marcha, cruzando la sala hacia unas escaleras que se abrían paso desde la circunferencia.
--- ¿Y ella? ---preguntó Jeren, al ver que en la sala ya no quedaban asientos vacíos.
---Alduna también viene con nosotros. ---contestó, esbozando una media sonrisa forzada que incomodó a Jeren.
Subieron en fila los diez peldaños de escalera, para llegar a otra sala ubicada sobre el puesto de los pilotos. A diferencia de la que les había recibido, esta presentaba forma cuadrada y tamaño reducido. En el interior, dos divanes iguales esperaban a que los ilustres viajeros se acomodaran en ellos, ofreciéndoles vistas a cuatro paredes y un techo revestidos de material transparente, a través del cual se colaban las imágenes de la explanada del palacio, que ni Jeren ni Alduna habían visto jamás. Aquella inmensidad les dejó parados, boquiabiertos, resultaba intimidante y magnificaba aún más el poder de Altrus.
---Acomódense aquí. ---dijo escuetamente Yute, señalando los dos divanes que descansaban en el suelo.
Jeren y Alduna obedecieron sin dilación. Los divanes eran similares al que adornaba los aposentos de Altrus, salvo que estaban revestidos de un material muy suave, en color azul noche. Resultaron ser extremadamente mullidos y cómodos porque se adaptaban a cada nuevo inquilino adoptando la forma de su cuerpo como si de un molde se tratara.
--- ¿Y el protector? ---preguntó Jeren.
--- ¿Qué protector, Jefe?
---He visto que los que viajan abajo llevan colocados unos protectores que, supongo, evitarán que salgan volando cuando ya no estemos sometidos a la fuerza de la gravedad… ---dijo Jeren, tímidamente, con la esperanza de no quedar como un completo ignorante.
---Esta sala se cierra herméticamente durante el viaje y se ha recreado en ella la gravedad suficiente para que no “salgan volando”, Jefe. ---contestó Yute, con demasiada ironía.
--- Disculpa mi ignorancia. Es mi primer viaje espacial. ---replicó Jeren, sin ocultar su enfado.
--- Discúlpeme a mí Jefe Jeren, había obviado mencionarle ese detalle. ---respondió Yute, ahora en tono más amable y sumiso.
--- ¿Dónde viajarás tú?
---En la sala de pilotos, Jefe. Si no ordena nada más, dispongo que nos pongamos en marcha, Jefe.
Jeren pensó que en el repertorio de Yute figuraba la palabra “Jefe” más de la cuenta. Habría que tratar de arreglarlo.
---No hay nada más que ordenar, sólo una pregunta… ¿ha venido mi padre?
---No Jefe, el Gran Altrus está descansando porque ha de partir hacia el planeta Zust. Pero me dijo que, de su parte, le deseara buen viaje y que lamentaba no poder venir a despedirle.
---Gracias, puedes retirarte y dar orden de partir.
Yute salió de la sala de inmediato, dejando la puerta cerrada tras él.
Jeren y Alduna, acomodados en sus divanes, no se enteraron en qué momento despegó la nave hacia Kimismo. Para ambos era su primer viaje espacial y tenían la sensación de que continuaban en el mismo lugar porque la nave no daba señales de movimiento. No obstante, las paredes y el techo eran de material transparente y a través de ellas desfilaban sin cesar planetas que la distancia hacía pequeños, trozos de materia espacial e infinidad de estrellas que se encargaban de iluminar el oscuro entorno. Daba la sensación de que la nave permanecía quieta y eran los planetas quienes se movían. Pasaban rápidamente. Aparecían por un lado y desaparecían por otro, dando paso a otros que venían de lejos, se acercaban en cuestión de momentos y después se perdían tras la cola de la nave.
Con tanto nerviosismo y alboroto entorno a la partida, Jeren se había olvidado de dar las instrucciones para que se cumplieran los deseos de su padre con respecto a expandir el virus que mataría al Kiyama. Debía contactar con Yute inmediatamente, pero la duda le detuvo durante unos instantes porque no quería ver a su héroe muerto. El Kiyama se había convertido en una referencia, un ejemplo a seguir y brillaba en el interior de su mente envuelto en un halo de fuerza y valentía. Sonrió imaginándole. Pero tan sólo fue un claro de luz en un día nublado y pronto la sombra de Altrus oscureció el cielo de su imaginación y una tormenta de miedo cayó sobre su aún sonriente semblante. Tembló ante la idea de que las órdenes de Altrus no se cumplieran debidamente porque se enfadaría tanto que la vida de todos ellos correría serio peligro.
---No os olvidéis de dar cumplimiento a las órdenes de Altrus respecto a expandir el virus… ---comunicó a Yute telepáticamente.
--- Jefe, esa misión acaba de cumplirse. Hace unos instantes entramos en la atmósfera de Kimismo y expandimos el virus, dejando únicamente libre la zona sur, donde viven los grandes animales… ---contestó, con la parsimonia de un mayordomo ejemplar.
---Entonces… ¿estamos llegando?
A Jeren le parecía imposible tanta prontitud. Tenía la sensación de que el viaje sólo había durado un instante.
---Si Jefe, en breve aterrizaremos en Candai.
En sus fantasías infantiles los viajes espaciales siempre se presentaban plagados de aventuras donde no faltaban los imprevisibles ataques de otras naves, que debían ser esquivados con ingenio; los monstruos del cosmos que aparecían cuando menos se les esperaba, causando mil problemas, que sus héroes solventaban con soluciones rocambolescas. Y muchas, muchas batallas que librar, casi siempre ganadas. Pero jamás se hubiera imaginado que viajar por el espacio no tenía más aliciente que pasar unos momentos acostado sobre un cómodo diván.
La sencilla puerta plateada se abrió y, entre una invasión de luz cegadora que se colaba desde el exterior para ocupar la sala en penumbra, apareció la silueta de Yute que, vista a contraluz, resultaba imponente: era alto, musculoso y dotado de extremidades más grandes de lo normal.
--- ¡Ya estamos en Candai, Jefe! ---dijo, intentando poner a sus palabras un toque de entusiasmo.
---Todo ha pasado muy rápido, demasiado rápido... ---contestó Alduna.
Yute se hizo a un lado para cederles el paso hacia el exterior, reverenciando a Jeren y obviando a Alduna.
Como sonámbulos en fila volvieron a cruzar la sala redonda, ahora ya vacía porque sus acompañantes habían salido primero. Pocos pasos más adelante se encontraron ante la puerta de salida que daba paso a una explanada que les pareció diminuta, en comparación con la de Atia. Allí descansaban algunas docenas de naves toscas, pequeñas y carentes del espectacular diseño que lucían las de Atia. Al fondo de la explanada, el palacio se erigía como un gran balón que alguien hubiera depositado en lo alto de la colina, presto a recibir el chute que lo lanzara valle abajo. Su revestimiento de material azul oscuro perfectamente pulido rebotaba los rayos de Asten y el paisaje en todas las direcciones, como si quisiera dar a entender al mundo que él recibía tales dones y los distribuía a su antojo.




9. AL OTRO LADO DEL TUNEL DEL VELVEN
Aquella tarde Monnie tenía planeado hacer una excursión a través del Túnel del Velven, con el objetivo de visitar a los que vivían al final de la cueva, tan olvidados desde hacía mucho tiempo, desde que los otros habían aparecido en su vida.
Como tantas veces, solicitó permiso a su padre para ausentarse durante un rato, con la excusa de jugar con los otros niños cuando hubieran terminado sus trabajos. Sabía que el momento idóneo para visitarles era precisamente ese, cuando su padre ordenaba retirarse para descansar hasta el día siguiente.
En muchas otras ocasiones había abandonado la casa en horas nocturnas, pero nunca llegaba a tiempo para ver la vuelta a los barracones y, cuando ponía sus ojos en la mirilla, tan sólo conseguía distinguir bultos amontonados durmiendo en la oscuridad. Sin embargo aquellas visitas nocturnas tenían una alta dosis de aventura y por eso le gustaban tanto. Solía esperar pacientemente, acostada en su siara, hasta que comenzaba a escuchar que los ronquidos de su padre se volvían fuertes, estruendosos y constantes en su frecuencia (iban subiendo de tono hasta alcanzar un punto máximo, para a continuación descender hasta hacerse casi inaudibles). Alternados con ellos estaban los de su abuela, mucho menos escandalosos. Sin embargo Rostie no hacía manifestaciones externas, ya que acostumbraba a dormir como un lirón tan pronto caía rendida sobre la siara, después de un largo día (como tantos) en el que Frec había cargado casi todo el trabajo sobre ella.
Cuando consideraba que era el momento oportuno, se levantaba con mucho cuidado y alcanzaba la puerta guardando el máximo sigilo para no hacer ningún ruido que contrastara con los habituales de la noche. El arco de la puerta le servia de parapeto para observar el entorno y comprobar que los vecinos también estaban dentro de sus casas, probablemente durmiendo. Aunque tampoco era inusual que alguno de ellos anduviera por los campos a deshora. Sobre todo Soccie, a quien su enfermedad mental le impedía someterse a un horario.
De todos modos, tampoco era demasiado grave el hecho de ser sorprendida saliendo de su casa en horas de descanso. Siempre podría recurrir a la excusa de que necesidades innombrables requerían que acudiera a los campos propiedad de su familia, donde cada uno había instalado su letrina particular en un pequeño hoyo cavado en la artea y tapado con hojas secas. Ese era el motivo por el cual, durante esas excursiones nocturnas, solía dirigirse en primer lugar hacia la letrina y después, cuando ya estaba completamente segura de que todos estaban guarecidos en el interior de sus casas, tomaba el camino que llevaba al Túnel del Velven y lo atravesaba corriendo para intentar llegar a tiempo.
Esa tarde esperó oculta entre el fangut hasta que vio a sus padres entrar en la casa. Luego, agachada entre las plantas para evitar que sus vecinos pudieran verla, reptó hasta la entrada del túnel y, una vez a salvo de miradas, inició la carrera para llegar a tiempo al otro lado.
A escasos escais de la meta aminoró la marcha para dar tiempo a que su pecho acallara los fuertes latidos de su corazón y su respiración se normalizara, no fuera a ser que la delataran dejando que su agitación se colara a través del agujero por el que oteaba lo que había al otro lado. Después acomodó su ojo derecho en el mirador que ella misma había fabricado y comprobó con alivio que había llegado a tiempo.
En el barracón había más barullo de lo habitual. Recordaba que, cuando les visitaba años atrás, la rutina que tenían montada para entrar en los barracones y acostarse transcurría en absoluto silencio. Sin embargo en ese momento los cunches hablaban entre ellos girando las cabezas en la dirección que estaba su interlocutor, pero manteniendo el cuerpo en posición de firmes al lado de sus respectivos colchones. Era como si estuvieran esperando algún tipo de inspección, pero tuvieran autorización para hablar sin límites entretanto no llegaba. Aquello era inusual.
Los dos cunches que estaban próximos a la pared en la que Monnie tenía la mirilla mantenían una extraña conversación que llegaba hasta ella con total claridad en las palabras aunque no así en el contenido, que no podía ser más confuso.
---Yo estoy deseando dormirme, a ver si esta noche me toca a mí. ---decía un cunche anciano, propietario de una enorme joroba.
---Yo prefiero quedarme aquí. ---contestó otro cunche joven que, a diferencia de su compañero, había sido agraciado con una belleza sobrenatural, casi ofensiva.
--- ¿Por qué? ---preguntaba el anciano, con un gesto de sorpresa que fruncía su piel en mil pliegues.
---Porque no estoy seguro de que Samuel sea el responsable de las desapariciones. ---respondió el joven.
---Mira Garfe… ¿quién puede estar haciendo todo esto, sino Samuel Kiyama? A Magmalignus no le interesa que los cunches desaparezcan y, desde luego, no se tomaría la molestia de llevarlos a ningún lado sin causarles un daño previo. Cuando no nos necesite, nos matará sin más y a todos juntos, no uno a uno.
Monnie agudizó los oídos cuando escuchó el nombre de Samuel.
El anciano hablaba con total convicción, acompañando sus palabras con una sonrisa cansada
--- Si es Samuel el autor de las desapariciones… ¿por qué rescata sólo a los jóvenes? Lo normal sería que lo hiciera al revés, que viniera a buscar a los más ancianos, para librarlos cuanto antes de esta prisión. ---contestó el llamado Garfe, mostrando un semblante severo que no encajaba en sus hermosas facciones.
---Quizá necesite jóvenes, para que le ayuden a llevar a cabo el plan que tenga ideado…
Aunque no sabía de qué estaban hablando, a Monnie le resultaba muy curiosa la disparidad de humor existente entre aquellos dos conversadores. En la cara del anciano se dibujaba la esperanza y el entusiasmo, mientras que la del joven se mostraba ensombrecida por la tristeza y la duda. Pero sobre todo, le intrigaba que la conversación versara sobre Samuel y que le estuvieran achacando una serie de desapariciones, de las que ella sabía no era el autor. Llevaba mucho tiempo observándoles a él y a los que le acompañaban, y ningún extraño se había sumado a ellos.
--- Axún, ¿te puedo contar algo sin que trascienda? ---preguntó Garfe.
--- ¡Por supuesto! Tú sabes que mi edad me proporciona la discreción necesaria para recibir un secreto y enterrarlo para siempre en mi mente.
---No quiero desilusionaros, ni a ti ni a los demás… pero tú sabes que yo tengo el sueño muy ligero, por eso paso muchas noches en vela, y anoche creí escuchar un pequeño ruido, similar al gozne de una puerta. Supongo que sería de la exterior, porque no hay ninguna otra aquí dentro…
El joven hizo una pausa larga en su relato, quizá para darle más misterio, o tal vez dudando sobre la conveniencia de continuar desalentando las esperanzas de aquel anciano, cuyos ojos y semblante perdían brillo por momentos ante la posibilidad de que la esperanza de una mejor vida se esfumase para siempre.
--- ¿Y…? ¡Continúa! ---le espetó el anciano.
--- Después me pareció ver una sombra que se dirigía hacia el lugar donde dormía Azan, a quien echamos en falta esta misma mañana.
--- ¿Cómo era la sombra? Quiero decir… tendría una forma ¿o no?
---Tenía la misma forma que cualquiera de nosotros. No podría decir si era varón o hembra, joven o anciano, alto o bajo, pero te puedo asegurar que era como nosotros. Y sabes que la fisonomía de Samuel es muy diferente a la nuestra. Aunque la luz era escasa, pude ver que su cabeza estaba tan lisa como la mía, sin atisbo de los filamentos que luce Samuel. ---contestó Garfe, pasando la mano por su calva.
---Él puede adoptar la forma que prefiera. Y tú tampoco estás seguro de lo que viste. Ni siquiera sabes si estabas soñando o era realidad ¿no es así? ---replicó el anciano, meneando la cabeza hacia los lados para dar a entender que la juventud es un divino tesoro, pero se equivoca más que la vejez.
---Es así. ---contestó Garfe, cayendo en la cuenta de que la esperanza y la fe son imbatibles y desmontarían cualquier conjetura que las contradiga.
--- ¡¿Lo ves?! Todos tenemos dudas. Es lo normal. Pero en estos casos hay que analizar los hechos pormenorizadamente. ---Axun le hablaba como un padre a su niño pequeño, apoyando la explicación con gestos incesantes que sus arrugadas manos dibujaban en el aire--- Sólo los guardias tienen la clave de acceso para abrir la puerta exterior y, además, ellos son los primeros interesados en que no se abra durante la noche; de hecho ningún guardia se atrevería a entrar solo en los barracones cuando nosotros estamos aquí descansando. Desde la liberación, en los tiempos de Samuel, han tomado miedo y saben que somos capaces de algo más que de trabajar en las minas.
---Es cierto… ---siguió asintiendo Garfe, dudando ya de sus visiones.
---Si nos ponemos en el supuesto de que no era un guardia lo que tú viste, la única opción que nos queda es pensar que se trataba de un cunche; pero ninguno de nosotros puede abrir esa puerta, sencillamente porque no disponemos de clave de acceso y, aunque la tuviéramos, resultaría muy difícil burlar la vigilancia externa que montan los guardias entorno a los barracones. Sabes que hay vigilantes y observadores mecánicos por todas partes. Sería imposible que un cunche pululara por ahí en mitad de la noche sin ser visto, y mucho menos aún durante quince noches y con la vigilancia incrementada hasta límites imposibles.
---Reconozco que sigues teniendo razón, pero…
--- ¡No hay pero que valga! El único que puede entrar aquí, burlar toda la vigilancia y salir airoso de ello, es Samuel Kiyama. ---el anciano imponía su criterio recobrando la ilusión que Garfe había puesto en duda.
De pronto, anunciándose con un estruendoso silbato, hizo acto de presencia en la sala un guardia equipado con un uniforme pintoresco cuyas bandas, de un color rojo carmesí estridente, surcaban a lo largo y a lo ancho un rafai negro, más acolchado de lo habitual. Sobre el cinturón, un tubo dorado con pintas de arma mortífera brillaba como los mismísimos rayos de Asten. Monnie no podía ver bien sus facciones desde la lejanía pero, a juzgar por su porte, dedujo que se trataba de alguien importante. Se situó en la puerta de entrada y, de repente, todo el murmullo que invadía el barracón se acalló y cada uno pasó a ocupar la posición que le correspondía al lado de su colchón, procurando mantener el cuerpo erguido y la cabeza en alto, mirando hacia el frente.
--- ¡ATENCION! Va a entrar en la sala nuestro nuevo Jefe, al que conoceremos y nombraremos como El Jefe Jeren, hijo de Altrus. El es el nuevo Rey de Kimismo, nombrado directamente por su padre El Gran Altrus para gobernarnos. ---dijo el recién llegado, con voz firme y potente.
Monnie seguía los acontecimientos con la máxima expectación y forzó al máximo la vista para no perder detalle de lo que iba a suceder en la distante puerta de entrada.
Nada más terminar la presentación, la silueta de un joven se recortó bajo el marco de la puerta. Tendría unos once o doce años; era alto, esbelto, de rasgos armoniosos y tez clara. Vestía capa negra sobre rafai de color blanco, adornado con franjas doradas que se extendían a lo largo de la parte inferior, y miraba el entorno con recelo, como si hubiera aterrizado allí por error o casualidad, mostrando su incomodidad a través de los constantes jugueteos que sus nerviosas manos mantenían con la prenda que cubría su pecho.
Monnie sintió que su cuerpo se estremecía ante la presencia de aquel extraño, a quien sin embargo no conocía ni creía haber visto con anterioridad. Tampoco reconoció al personaje que le seguía muy de cerca, un adulto de facciones severas y ceño fruncido, que controlaba cada movimiento del joven como si de un momento a otro fuera a cometer un error infalible si él no lo impedía.
---Le acompaña su lugarteniente, al que conoceremos y nombraremos como Señor Yute. ---continuó diciendo el presentador.
Monnie no apartaba los ojos del joven que había sido presentado como el nuevo Rey de Kimismo. Había algo en él que le resultaba familiar. Dejó de prestar atención a toda la parafernalia que siguió a la presentación y su mente se puso a trabajar a ritmo acelerado buscando similitudes entre él y las demás personas que conocía, tanto en el presente como en un pasado de hacía quinientos años.
Pronto el corazón le dio un vuelco que estuvo a punto de apearla del altillo al que se había subido para mirar hacia el interior del barracón. ¡No podía ser cierto! Sencillamente, lo que estaba viendo no podía ser verdad, pensó tan pronto descubrió la causa del desasosiego que le producía aquel desconocido.
Tras siglos viviendo en la oscura cueva, sus ojos habían perdido gran parte de su capacidad de visión, pero un nuevo sentido había nacido y se había desarrollado fruto de la constante adaptación de la naturaleza a las circunstancias, dotándola de la capacidad de percibir las cosas que le rodeaban aunque la oscuridad fuera total. Pero además había adquirido (al igual que algunos otros compañeros de maldición) el don de reconocer lo que ellos bautizaron como “el ser etéreo”, que está configurado por las características de la parte inmaterial de los seres. En sueños, Samuel le había dicho que ese “algo” se llama “alma o espíritu”.
Muchos años atrás, cuando tomó conciencia de la adquisición de ese nuevo sentido, se sorprendió al comprobar que al mirar a un ser vivo podía ver más que su aspecto físico. Además esa forma inmaterial que percibía (al igual que ocurre con el cuerpo) era bella en algunos y de una fealdad insoportable en otros; también podía ser generosa o vil, joven o anciana, valerosa o cobarde, atrayente o despreciable. Tiempo después había aprendido a fusionar ambas percepciones, haciendo de la unión un todo que le servía de referencia para conocer al sujeto en cuestión.
En aquel momento ese nuevo sentido adquirido le indicaba que, a pesar de las diferencias físicas (que eran muchas), aquél a quien habían presentado como el Jefe Jeren era el mismo joven a quien había visto en otras ocasiones en un lugar opuesto y en compañía de seres con intereses muy diferentes. Jeren era Rio, el hijo de Samuel, de eso no le cabía ninguna duda. Sus almas eran gemelas y ella podía percibirlo desde la distancia.
Cientos de preguntas sin respuesta se arremolinaron en su mente. ¿Cómo puede Rio (o Jeren) presentarse como hijo de Samuel y de Magmalignus a la vez? ¿A cuál de los dos está traicionando? Monnie volvió a sentir un escalofrío al pensar que el traicionado podía ser Samuel. Después contempló el lado opuesto. También podría ser que Rio se hubiera infiltrado en el palacio de Altrus con el propósito de ayudar a Samuel. No, no, no. Altrus era demasiado astuto. No consideraría hijo suyo, ni daría el cargo de gobernante de Kimismo a alguien que no fuera de su absoluta confianza. Si presentaba a Jeren como su hijo, significaba que él lo había criado en Atia y que podía confiar en él plenamente. Entonces… ¡¡el traicionado era Samuel!! Quizá Jeren le había engañado presentándose en la entrada de la cueva solo y desprotegido. La mente de Monnie sacaba conclusiones a toda prisa. ¡¡Sería Guerrero el verdadero hijo de Samuel!! Para demostrarlo estaba la gran diferencia física que existía entre Guerrero y Rio. Uno era rubio y el otro moreno, uno era alto y el otro mucho más pequeño. Guerrero era fuerte como Samuel, mientras que Rio era mucho más endeble. Por otra parte, el gran parecido de las facciones de Rio con las de Samuel podría explicarse gracias a la capacidad de éste para adoptar cualquier forma externa, como hijo de Altrus que era.
Debía averiguar lo que estaba ocurriendo y poner a Samuel sobre aviso.
Abandonó su privilegiado puesto con vistas al interior del barracón sin interesarse por saber cómo seguía el resto de la presentación y salió de allí corriendo, con la intención de llegar lo más rápido posible a la entrada de la cueva y contactar con Samuel para explicarle lo que estaba ocurriendo, que tenía al enemigo en su propia casa y corría grave peligro. Hablaría con él y trataría de explicarle lo que había visto en los barracones. Tenía que buscar las palabras adecuadas para que su historia resultara creíble. Seguro que lo comprendería y juntos trazarían un plan para desenmascarar a Rio, Jeren o cualquiera que fuera su nombre real.
La sorpresa del descubrimiento y el miedo ante la amenaza que se cernía sobre la seguridad de Samuel atenuaban el cansancio de sus piernas que, más que correr, volaban hacia la entrada de la cueva siguiendo el pasadizo iluminado por aquella leve luz roja cuya procedencia era un misterio.
--- ¿Qué hace una loca corriendo suelta?
La voz de Alabel detuvo repentinamente su carrera cuando ya se disponía a cruzar el poblado a toda prisa para seguir viaje hacia la entrada de la cueva.
--- ¿Te refieres a ti misma, verdad? ---contestó Monnie con ironía y la respiración entrecortada por la carrera.
---Me refiero a ti. Yo vengo de trabajar en los campos y lo que me encuentro es a una enajenada que corre a través de la cueva como si la persiguiera un fantasma.
Alabel soltaba veneno por la boca y fuego por los ojos. A Monnie se le bajó el alma a los pies al pensar que jamás se libraría de su presencia.
---Estoy haciendo deporte. ---contestó, a sabiendas de que no resultaría creíble.
---Tú lo que estás es muy mal de la cabeza. ¿Saben tus padres a lo que te dedicas? ---preguntó Alabel, estirando el cuello como un reptil.
--- ¡Por supuesto! Y están de acuerdo en que esta costumbre es muy buena para la salud…
---No te creo. Mañana comprobaré si me has dicho la verdad. Se lo preguntaré a ellos. ---dijo Alabel, exponiendo una media sonrisa irónica.
---Tienes razón, no lo saben. Lo cierto es que no consigo dormir por las noches y por eso salí a hacer ejercicio para cansarme, a ver si así me visita el sueño. Espero que me guardes el secreto. ---expuso Monnie, cambiando de plan.
Alabel trató de ofrecer una sonrisa amigable que, no obstante, destilaba veneno.
---Ya sabes que conmigo tus secretos están a salvo. Pero supongo que ahora ya estarás suficientemente cansada y te irás a dormir… ¿o has quedado con alguien para que te ayude a agotarte aún más? ---preguntó Alabel, soltando el resto del veneno.
--- ¡¿Con quién podría quedar aquí?! Yo ahora me voy a dormir, como tú, supongo…
--- ¡Por supuesto! ¿A dónde íbamos a ir tan tarde?
Caminaron juntas hacia el poblado, rodeadas de silencio y malas intenciones. Monnie entró en su casa y Alabel se quedó fuera, observando descaradamente para comprobar que se acostaba en la siara. Allí permaneció durante el tiempo suficiente como para que Monnie entendiera que no era buena idea arriesgarse a salir otra vez para ir a la entrada de la cueva. Seguramente Alabel continuaría allí fuera, controlando durante un buen rato para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos y pregonarlo al día siguiente. Lo más probable era que no mantuviera el secreto y que su familia, al enterarse de lo sucedido, la sometiera a un interrogatorio para saber por qué trataba de cruzar el pueblo corriendo. Necesitaba tomarse un tiempo para idear un plan que resultara medianamente creíble para explicar al día siguiente a los suyos por qué anda ba corriendo sola de oeste a este del poblado en vez de estar jugando con los otros niños, como les había dicho cuando pidió permiso para quedarse.
Tras descartar varias ideas rocambolescas llegó a la conclusión de que, como respuesta a cualquier posible pregunta al respecto, lo más acertado era defender la versión de que corría porque le dolía mucho la cabeza, que creía estar volviéndose loca como los otros y por eso, antes de optar por la solución que habían escogido ellos, prefería salir a correr porque eso alejaba de su mente las malas intenciones. Era una versión que resultaría creíble porque ella conocía los síntomas y podría relatarlos con todo lujo de detalles.
A lo largo de los siglos que llevaban confinados en el interior de la cueva se habían suicidado cinco de aquellos que un día entraron allí para no volver a salir nunca más. En lo que ella recordaba (tanto por los hechos que había presenciado como por los comentarios que había escuchado) la agonía de todos ellos había comenzado con dolores de cabeza cada vez más frecuentes y cada vez más insoportables, seguidos de una locura incurable que les impedía comer, dormir y permanecer quietos aunque sólo fuera durante un instante. Todos ellos habían encontrado en el suicidio el remedio definitivo para sus males y una solución única para dejar atrás el sufrimiento. Pero el suicidio se presentó como una medicina difícil de obtener porque requería burlar la perversidad y sabiduría de Magmalignus, que había tomado todo tipo de precauciones para asegurarse de que su maldición surtiera efecto.
Durante los días y noches que permanecieron dentro del tubo en el laboratorio de Atia, sus células fueron tratadas para que no sufrieran enfermedades, no envejecieran y se regeneraran hasta el punto de que, si un inoportuno accidente les causaba alguna herida o pérdida de algún miembro, sus células se recuperaban de tal manera que, en instantes, no quedaba rastro de la herida o un nuevo miembro había crecido en el lugar donde había sido amputado el anterior.
Esa cualidad que les había regalado Magmalignus hacía que Monnie dudara sobre la efectividad de la maldición pues, con la capacidad de regeneración que tenían en todos los órganos ¿cómo era posible que el aire y la luz del exterior fueran capaces de quemarlos sin posibilidad de curación? Monnie creía que aquellas palabras de Altrus habían sido un farol, que la maldición no tenía efecto real, por eso ella se arriesgaba tanto al acercarse al exterior. Pero en cambio, sí tenía un pleno efecto psicológico, pues ninguno de los condenados se había atrevido a comprobar su efectividad. Pero a ella también le sirvió para explicar por qué aquel día innombrable, que trataba de apartar de su mente sin éxito, había llegado a casa con las manos y el cuerpo manchados, pero sin un rasguño producido por aquella especie de animal o monstruo (no supo explicar bien de qué se trataba) que la atacó en mitad de la cueva. Había dado explicaciones tan confusas como el aturdimiento interior que sentía. A su abuela le había contado la versión de que un animal la había atacado, pero que a sus padres les dijo que creía haber visto a un monstruo y había luchado contra él, cuando en realidad habían resultado ser agrestes rocas que paredaban el lateral de la cueva. En cualquier caso, esas visiones podrían ayudarle a refrendar ahora sus incipientes signos de locura, si se veía en la necesidad de explicar a sus padres por qué corría por el interior de la cueva. Ella prefería que la tomaran por loca, y que consideraran esas excursiones y carreras su particular medicina, a de que la castigaran y la confinaran en el interior de la casa, impidiéndole controlar la extraña situación que se estaba desarrollando en ambos extremos de la cueva.
Volvió a centrarse en los suicidios para tratar de recabar la mayor información posible, por si más tarde le fuera de utilidad.
El primero que se decidió a demostrar a través del suicidio que el plan ideado por Altrus podría ser reversible se tomó su tiempo en prepararlo y, después de varias tentativas sin éxito, finalmente halló la solución definitiva.
Para el primer intento trabajó durante varios días limando una piedra hasta que obtuvo un borde suficientemente cortante como para rasgar sus venas. Puso a prueba su ingenio en presencia de todo el vecindario (que no pusieron objeción porque comprendían su sufrimiento y anhelaban que pasara a mejor vida). De hecho muchos de los presentes sentían envidia de su valentía y se preguntaban si algún día reunirían las fuerzas necesarias para imitarle y dejar atrás para siempre aquel sucedáneo de vida a la que estaban condenados. Pero la expectación se tornó decepción tan pronto los cortes practicados en las muñecas comenzaron a cicatrizar sin que apenas unas gotas de sangre lograran traspasar la barrera de la piel para salir al exterior. El esfuerzo y la determinación habían resultado inútiles ante el poder de regeneración que poseían sus células.
Aquel desdichado era el padre de Soccie.
Tras el primer intento se tomó un tiempo de descanso, hasta que un día dio a conocer su intención de intentarlo de nuevo. La expectación había caído en picado ante la certeza de un nuevo fracaso, pero él continuó con su determinación de quitarse la vida y siguió labrando utensilios cortantes, cada vez de mayor envergadura. Esos últimos ya tenían capacidad para amputar brazos o piernas de un solo tajo. Pero se encontró con que, a pesar de su valentía y capacidad de soportar el sufrimiento que el dolor le producía, no obtenía resultados satisfactorios porque nuevos miembros ocupaban el sitio de los amputados en cuestión de momentos.
Al cabo de varios descabellados intentos consiguió su objetivo cuando tuvo la idea de sumergir su cabeza en las cálidas aguas del riachuelo que surcaba la cueva y perseverar con ella allí metida hasta que, por la falta de oxígeno, todas las células de su cuerpo murieron, y con ellas cualquier posibilidad de regeneración.
Aquello fue una prueba evidente de que Altrus no era infalible y que sus planes también tenían lapsus.
El ejemplo del padre de Soccie fue seguido por otros cuatro, que optaron también por tan trágica solución pero lo tuvieron mucho más fácil y les bastó con armarse de valor y determinación para mantener la cabeza dentro del agua durante el tiempo suficiente.
Habían pasado más de trescientos años desde el último suicidio, pero su recuerdo aún perduraba en la mente de todos. Y, si bien al principio habían considerado la muerte como la única solución para terminar con la desesperada situación que padecían, después se instauró una conformidad generalizada con el tipo de vida que les había tocado en suerte. Cada uno a su manera, pero todos se habían amoldado a la vida en la cueva. Por eso Monnie pensó que, si sus padres tenían la más leve sospecha de que ella pudiera tener una enfermedad mental como la de aquellos que se quitaron la vida, no pondrían objeción a que se buscara cualquier tipo de remedio, aunque fuera tan extraño como salir a correr por el poblado.
Lo peor era que no podría poner a Samuel sobre aviso. La vigilancia de Alabel se lo impedía. Si los sueños fueran reales, esa misma noche le alertaría sobre la clase de peligros que se cernían sobre él; pero no lo eran y debía esperar a la siguiente noche para hablar con él en persona.

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