domingo, 31 de enero de 2010

CAPITULOS I: LA VISITANTE

La cataplasma con la que había untado su cuerpo desnudo comenzaba a secarse, formando profundas grietas que tiraban de la piel hacia los lados causándole una sensación muy molesta. Era la señal de alarma. Si se demoraba en eliminarlo, aquel improvisado vestido de barro se secaría dejando su piel cubierta por una capa tan dura que, para borrarla sin dejar rastro, demandaría un concienzudo lavado. Esa faena agotaba el tiempo que ella consideraba prudente para llegar a casa sin levantar sospechas. Además, si la capa se endurecía, sería necesario un intenso frotado para eliminarla, y eso traería como consecuencia el inevitable enrojecimiento de su blanca piel. Por si fuera poco, conociendo la indiscreción y ansias de cotilleo que tenían tanto su familia como los vecinos para buscar entretenimiento con el que llenar sus monótonas vidas, vendría necesariamente seguido de preguntas sobre las causas de ese cambio en el color cutáneo, a las que no podría dar respuesta.
Era el momento de regresar.
Añadido a lo anterior estaba el hecho de que no debía abusar de la poca paciencia de su padre. Tras muchos días de discusiones y negociaciones, había logrado que él le permitiera disponer (sólo de vez en cuando) de un tiempo libre después del trabajo en los campos de fangut. En algunas ocasiones consentía en que ella abandonara sus labores un tiempo antes de que el resto de la familia se retirara a la casa para tomar la comida de mediodía; otras veces le permitía ausentarse un rato algunas tardes, cuando ellos se retiraban para descansar hasta el día siguiente. En ese aspecto se consideraba privilegiada con respecto a los demás niños y jóvenes del poblado. Ellos no tenían tanto tiempo libre.
Se preguntaba durante cuánto tiempo más podría mantener el engaño, ya que en realidad no empleaba ese tiempo en jugar, como le había dicho a su padre, sino en explorar las rutas interiores de la cueva. Si sus padres supieran la verdad, la encerrarían en la casa durante el resto de su vida. No querrían correr el riesgo de que la maldición proferida por Magmalignus cayera sobre ella con todo su peso.
Aunque realizaba con frecuencia aquellas visitas desde hacía mucho, demasiado tiempo, de pronto se percató de que a pesar del cambio que aquel descubrimiento había representado en su aburrida vida, nunca se había molestado en calcular cuántos días habían transcurrido desde aquella primera vez en la cual descubrió que todo un mundo, desconocido y apasionante, se abría en la boca de la cueva. El tiempo para ella era tan insignificante como una moneda para un millonario. Tenía mucho tiempo, todo el tiempo del mundo. Calculó que quizá había transcurrido un año, aunque también podían ser dos, o diez… Era imposible saberlo con exactitud.
Pero, a pesar de la regularidad con la que frecuentaba aquel lugar, el camino siempre le deparaba sorpresas que se presentaban en forma de rocas que aún no había visto, montículos de artea aquí o allá, en los que nunca antes había reparado. En ese momento pensó que siempre recorría el camino de vuelta tan embebida de la vida que había en la entrada de la cueva que si su secreto quedara al descubierto y se viera obligada a recurrir a su memoria para describir la ruta que le llevaba hasta ellos, le resultaría imposible hacerlo. Como escueta respuesta sólo podría decir que un sendero le guiaba hasta un pequeño pozo con agua suficiente para lavar su secreto y osadía haciendo desaparecer todo rastro del “protector” que usaba para que los escasos rayos de luz que se colaban por la entrada de la cueva no causaran estragos en su piel. Y continuaría el relato diciendo que, una vez satisfecha parcialmente su curiosidad, regresaba a casa siguiendo un largo camino que discurría paralelo al pequeño riachuelo que surcaba las entrañas la cueva y que le conducía a las casas a través de subidas, bajadas, rocas que sortear y otros imprevistos que podrían convertirse en grandes obstáculos para un explorador ocasional que, desde el exterior, se adentrara en la penumbra, pero que resultaban insignificantes para ella, acostumbrada a vivir en la oscuridad. En su relato tampoco podría obviar hacer mención a las dos grandes rocas que le servían de parapeto, colocadas en un punto estratégico por la naturaleza que, en su búsqueda de lo bello y práctico, jamás sospechó acerca del indiscreto uso que podría darles un observador curioso.
Antes de que pudiera darse cuenta sus pensamientos ya habían abandonado la escarpada ruta y estaban de regreso con aquellos seres que despertaban su interés hasta el punto de arriesgarse a espiarlos, aún a sabiendas de lo que podía sucederle si su fechoría era descubierta por parte de alguno de los dos bandos. Si lo hacían los suyos, el castigo sería el confinamiento eterno en aquella choza, a la que no le quedaba más remedio que llamar casa para no ofender a cuantos la habían levantado con mucho sudor y escasos medios. Si la descubrían aquellos a quienes espiaba… mejor no pensarlo. El miedo le cortó la respiración, dejándole la mente en blanco.
También volvió a su mente el recuerdo de aquel día en el que por primera vez vio la casa, ocupando casi toda la entrada de la cueva. Entonces creyó estar ante un gran cubo que una mano gigantesca había escondido allí de forma deliberada, ocultándolo a la mirada de posibles curiosos con una vegetación exterior que lo camuflaba a la perfección, tapando la boca de la cueva sin olvidarse de aparentar casualidad a primera vista, como si aquellos árboles estuvieran allí por obra y gracia de la naturaleza.
No comprendió que aquello era un hogar hasta que un día escuchó una discusión en tono suficientemente elevado como para traspasar las paredes hacia el exterior. Las frases le sonaban raras, pero pudo distinguir en ellas el idioma kimis aunque, eso sí, algo modificado por el transcurso de los siglos y el deterioro del sistema educativo, supuso en esos momentos. Habían pasado varios siglos desde que entraron en aquella cueva y en el exterior la vida seguía su curso, sometida a constantes cambios que tampoco pasaban de largo para el idioma.
Aquel cubo en nada se parecía a las auténticas casas que ella recordaba (obviando los cuchitriles en los que habitaban ahora). Las de antaño (las residencias del Candai libre, previas a la invasión por parte de Altrus y sus secuaces) eran semejantes a esferas cortadas por la mitad, que descansaban en el suelo apoyadas sobre su parte plana. Pero en ningún caso tenían la forma cúbica de un sacai pues, según los expertos constructores de la época, aquella forma era absolutamente inapropiada para la construcción de viviendas porque necesariamente implicaba que al menos una parte de la casa permaneciera completamente oculta a los rayos de Asten que, en cambio, se aprovechaban mejor si las construcciones eran esféricas. Monnie pensó que desde el reinado de aquellas doctrinas habían pasado demasiados años y tal vez los actuales expertos tuvieran buenas razones para ejecutar aquel cambio tan drástico.
Mientras se sumergía en el pequeño pozo de aguas ferruginosas, de donde saldría preparada para emprender el camino de vuelta y presentarse en su casa como si nada hubiera ocurrido, su mente siguió vagando por los recovecos de aquella ciudad que recordaba libre y hermosa. Aquella ciudad albergaba un mundo que, muy a su pesar, se vio obligada a abandonar cientos de años atrás.
Por aquel entonces Candai, con sus viviendas de semiesfera bañadas en cientos de colores diferentes, parecía un hermoso manto de lentejuelas que vestía la colina sobre la que se asentaba. Las casas de los cunches formaban la falda que cubría la ladera. Más arriba, las distinguidas residencias de los roggies adornaban el cuerpo de la montaña. Y el fastuoso palacio que el Rey Kiyama compartía con su hermano Altrus formaba la corona perfecta para la cima. Para ese fin habían segado la cabeza de la montaña y en su lugar instalaron el gran palacio de estructura circular, que abrazaba un inmenso patio en su interior donde guardaba celosamente las más impresionantes naves espaciales jamás diseñadas, según había oído comentar, ya que ni ella ni su familia tuvieron jamás acceso a él. Tenían que conformarse con contemplar las imponentes siluetas de aquellas naves recortarse planas en el cielo, adoptando múltiples formas extrañas, e imaginar cómo sería el resto de su estructura.
A la par que sus manos trabajaban mecánicamente, apresurándose para eliminar la capa de barro que le cubría el cuerpo, su mente seguía vagando por el antiguo Candai, desplazándole hasta las semiesferas asentadas por toda la montaña siguiendo un diseño de urbanización en el que habían trabajado algunos de los mejores arquitectos de la ciudad, capaces de guardar la estética sin olvidar las distinciones que las viviendas debían tener, dependiendo de la clase social de sus moradores. Así las había más grandes y más pequeñas, mejor situadas y peor, unas eran más lujosas y otras más humildes; pero la diferencia fundamental la marcaba el hecho de que sólo algunas de ellas disponían de anduria que, a modo de sombrero plano, cubría la semiesfera. La utilidad real de aquel singular techo era servir de base para el aterrizaje y aparcamiento para la nave familiar, pero también (y ese era su cometido más preciado) llenaba el orgullo de sus dueños aportando estatus social a la vivienda, pues sólo los roggies y kiyamas disponían de nave familiar y de anduria para exhibirla.
Dentro de la clase social de los roggies también había distinciones, que se manifestaban a través de la ubicación de sus viviendas y estaban directamente relacionadas con la afinidad de parentesco o amistad que cada familia compartiera con el Rey Kiyama, con su hermano Altrus o con la compañera del Rey. Así, las casas de los parientes y amigos de la realeza se apostaban en la parte alta de la montaña para que sus dueños disfrutaran del privilegio que aportaba el hecho de residir tan cerca del palacio, beneficiándose del prestigio social que les daba la ubicación de su vivienda y de la seguridad que les proporcionaba la guardia real, que ampliaba su vigilancia hasta sus hogares. Además, el rango social que tenían reconocido les llevaba a ocupar los puestos de mayor responsabilidad en el gobierno de Kimismo.
El Rey Mahi y su compañera Deila eran los moradores habituales del enorme palacio que dominaba la ciudad desde lo alto de la colina, mientras que Altrus Kiyama sólo pasaba allí temporadas, cuando el aburrimiento o la soledad le incitaban a buscar la compañía de la familia.
El palacio, entre otros muchos lujos, disponía de un patio con capacidad para más de mil naves; pero se comentaba que, a pesar de su magnitud, resultaba insuficiente cuando Altrus venía de visita acompañado de todo su séquito, desplazado desde el planeta Atia sin más motivo que el de impresionar a los habitantes de Candai con semejante despliegue de medios y poder. Para magnificarlo aún más, la impresionable ciudadanía había corrido el rumor de que aquello sólo era una pequeña muestra de su verdadero poder y que en el planeta Atia disponía de un palacio mucho más imponente que el de Candai, de tal magnitud que ocupaba una superficie igual a la cuarta parte del planeta y millares de soldados lo custodiaban noche y día.
Aunque ya importaba poco, Monnie sonrió al recordar que ella también descendía de una estirpe de roggies auténticos. Su árbol genealógico no estaba manchado por emparejamientos inadecuados, que solían ser frecuentes cuando algún antepasado enamoradizo se unía con un o una cunche, anteponiendo su felicidad a los intereses de la familia, con la consiguiente mancha en la inteligencia y el honor de todos sus descendientes.
Ella no daba demasiada importancia a las clases sociales y, de hecho, solía compartir juegos con los niños cunches que vivían próximos a su casa ya que, a pesar de ser roggies, la familia de Monnie no estaba directamente emparentada con la realeza y sus ascendientes tampoco habían tenido la habilidad suficiente para ganarse amistades en el palacio. Ese era el motivo por el cual ocupaban una vivienda situada en los últimos peldaños de la colina, a poca distancia de donde comenzaba la ciudad de los cunches, con sus casas formando hileras horizontales y verticales, perfectamente alineadas, por cuyo centro circulaba el sacai (cuadrado como la casa de la entrada de la cueva) que los llevaba de un lado a otro de la ciudad, cubriendo las necesidades de transporte provocadas por la carencia de naves familiares, que les estaba vedada porque era símbolo indiscutible de una distinción social de la que ellos carecían, al formar parte de una raza inferior tanto en inteligencia como en poderes.
A pesar de ser bastante más humilde que las situadas en las partes altas de la colina, la casa de Monnie también se cubría con una anduria en la que se aparcaba la nave familiar, cuyo único uso eran aquellas excursiones que la familia realizaba los días de descanso y que a ella tanto le fascinaban porque aportaban aventura a lo que por aquel entonces consideraba una vida monótona. Siglos después, el recuerdo de aquella época inundaba sus ojos de lágrimas cada vez que pensaba en el tiempo desperdiciado y en lo feliz que era entonces, cuando disponía de casi todo sin darse cuenta ni apreciar su valor. Su abuela siempre le repetía que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde para siempre. ¡Qué razón tenía! Ahora lloraba envuelta en recuerdos que la transportaban hasta la nave de su familia que, como casi todas aquellas cuyo único destino era el ocio, estaba construida con material completamente transparente. Los asientos, el fondo y el techo permitían divisar el paisaje desde cualquier perspectiva.
Al rememorar aquella sensación de libertad y de dominio del medio, una media sonrisa asomó entre el barro mojado y las lágrimas que corrían por su cara.
Unido al de la nave familiar también llegó el recuerdo de su padre pilotándola. Por aquel entonces él guardaba intacta la lucidez mental (sin el egoísmo y la pereza que más adelante le caracterizarían) y solía llevarles de paseo por la zona que más le gustaba a ella, al sur, donde habitaban los grandes animales. Frec, su padre, era un hábil piloto y se acercaba a ellos hasta distancias tan temerarias que ponían la nave al alcance de sus fauces, para luego esquivarles con una maniobra rápida y genial, capaz de desatar la risa de Monnie y el mal humor de su madre.
Frec trabajaba en el observatorio espacial, en la sección de estudio del Universo conocido. Así en aquella época a Monnie le resultaban familiares los términos de distancias interplanetarias, agujeros en el tiempo, en el espacio y composición de los planetas, porque eran usados con frecuencia por Frec cuando, durante la reunión familiar diaria entorno a la última comida del día, buscaba la comprensión de los suyos tras una jornada de trabajo que él describía como agotadora. Pero no lo era tanto, porque su vida laboral transcurría en el laboratorio y nunca viajaba al espacio para hacer prospecciones sobre las zonas ya estudiadas, con el objeto de medir las distancias exactas y aportar muestras materiales. Esa tarea (considerada aburrida y, hasta cierto punto, peligrosa) estaba reservada a los cunches. Ellos la llevaban a cabo dirigidos a distancia por el maestro roggie correspondiente y apoyados por la avanzadísima tecnología de la nave que, por sí sola, hubiera sido capaz de realizar todas las funciones, de no ser por la desconfianza que en aquellos tiempos había hacia la tecnología moderna. “No olvides Monnie que las máquinas necesitan supervisión, no se les puede dejar trabajar solas”, solía contestar Frec cuando ella le preguntaba sobre el motivo de que los cunches tuvieran que realizar trabajos tan peligrosos, en especial después de que el padre de un compañero de juegos hubiese muerto en una de aquellas prospecciones y ella tuviera ocasión de vivir en directo el dolor de su amigo ante la ausencia de su progenitor.
Su madre, a quien ella tenía por costumbre llamar Rostie (nunca “sati”, como hacían los demás niños cuando se dirigían a sus madres) también se las ingeniaba para acaparar la atención en las reuniones familiares y, más a menudo de lo que Frec podía soportar, le interrumpía para contar anécdotas sobre su puesto de responsabilidad en el Control de población de Kimismo.
La labor de Rostie estaba relacionada con la orden Real de que todos los habitantes del planeta se aglutinaran en la ciudad de Candai y la prohibición de residir en cualquier otro lugar. Así se había estipulado para un mejor control de la población y del planeta. Fuera de Candai y su más que vasta zona de influencia (campos de cultivo, minas, fábricas…) comenzaba el dominio de las bestias, delimitado pero respetado, donde vivían y convivían conforme a las leyes naturales, ajenas al complicado e inexplicable avance y dominio del entorno por parte de aquellos que habían sido dotados de una inteligencia superior. Para mantener el nivel de vida, asegurar la reposición natural de los recursos consumidos y evitar la expansión hacia los terrenos del sur (reservados a los animales), se había estipulado que el número ideal de habitantes debía oscilar entre un millón trescientos mil y un millón quinientos mil individuos. Si la población llegaba a superar esa cifra, se debían activar los sistemas de freno para los nacimientos. Si el baremo descendía por debajo del millón trescientos mil, era necesario poner en marcha algún medio para que la natalidad aumentase.
Rostie dirigía las estrategias a utilizar para mantener la población a raya pero, afortunadamente, el número de individuos siempre osciló entre los límites permitidos; sin necesidad de que ella pusiera en práctica sus geniales ideas de control, que exponía con total seriedad en casa durante las cenas, buscando la aprobación y la admiración de la familia, aunque únicamente conseguía causar el estupor de la abuela Amand, la risa de Frec y la incomprensión de Monnie, que por aquel entonces era demasiado joven para saber en qué consistía eso de coger a la mitad de los varones en edad de procrear y colocarles en sus partes un “cucurucho” de zafrán, u obligar a las parejas a dormir separadas los días pares, o implantar cursos de cocina y “saber estar” para los que pretendían vivir juntos, con el fin de retrasar la unión y de paso la natalidad. Hubo muchas otras ideas, similares en su absurdo, aportadas por su madre en las tres ocasiones que había saltado la alarma a causa de que el recuento de la población dio como resultado más de un millón cuatrocientos mil individuos pululando por las calles de Candai.
Sumergida en recuerdos, Monnie había terminado de asearse y hasta había recorrido el camino que separaba la entrada de la cueva de los campos de fangut cercanos a las casas. Iba tan ensimismada que no se percató de presencia alguna.
--- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Al fin apareció la solitaria! Tu familia te está buscando, seguramente porque tu padre quiere comer y acostarse. ¡Debe estar tan cansado de trabajar el pobrecillo…!
Aquellos aullidos que pretendían ser palabras le trajeron de vuelta a la cruda realidad. Ya estaba llegando a las casas y quien le hablaba era Alabel. Con ella estaban Llui, Anex, Josan, Ire y Dram, que junto a Monnie formaban toda la población infantil y juvenil del lugar. Aunque a ella no le gustaba que la insertaran en ese conjunto, pues estaba convencida de que sus eternos dieciséis (casi diecisiete) años le daban derecho a acceder al grupo de los mayores.
--- ¿Todas esas explicaciones te dio mi padre?
Monnie usó la ironía como arma defensiva porque no lo pudo evitar, aunque sabía que con Alabel era mejor no entrar en dialéctica. Su envidia y perversidad le impedirían mantener la conversación dentro de los límites del respeto.
--- ¡Por supuesto! Está preocupado por ti. Eres demasiado pequeña para salir de aquí tú sola… ¿dónde estuviste?
---Por ahí… dando una vuelta. ---contestó Monnie, aparentando indiferencia.
---Por ahí… dando una vuelta. ---repitió Llui con sorna--- Sólo los tontos dan vueltas en un sitio como este, donde no hay a donde ir.
---Ja, Ja, ja, ja, ---rió Ire, abriendo una boca ya de por sí demasiado grande, sin preocuparse de ocultar los cuatro dientes negros que le quedaban.
--- Se te ha caído esto, ¿de dónde lo sacaste?
Además de una sonrisa perversa, Alabel mostraba un trozo de tela raído que, en sus buenos tiempos, pudo haber sido la manga de un bonito rafai azul celeste; pero en esos momentos apenas conservaba color y forma alguna.
---No es mío. ---contestó escuetamente Monnie, mirando con asco la cara de Alabel, desde siempre manchada con grandes pecas que le daban un aspecto sucio.
---Sí, sí que lo es. Yo lo vi caerse de tu mano. ---insistía Alabel, mirando a los demás con gesto retador, exigiendo su complicidad.
Todos asintieron con la cabeza, embobados y sin saber muy bien de qué iba el asunto.
---Que no es mío, repito. Hace unos doscientos años que no tengo, ni tenemos en mi casa telas. Desde que se gastaron las que traíamos cuando entramos aquí. ---contestó Monnie, arrastrando las sílabas de cada palabra para asegurarse de que eran comprendidas por todos los presentes, y sin poder evitar acompañarlas con un gesto de hastío en la cara.
Simplemente quería dar por terminada aquella absurda conversación de la cual ninguno de los presentes, salvo Alabel, parecía comprender ni una palabra.
--- ¡Sí, sí que tienes telas!
Intervino de repente el pequeño Dram, hablando en medio de un gesto de dolor, supuestamente provocado por un inesperado pellizco. Alabel se había situado detrás de él y escondía las manos sospechosamente. Dram, con sus tres años de edad, no podía recordar lo que era la tela, ni los rafai; pero el instinto (y el pellizco) le decían que había llegado el momento de que entrara en escena.
---Que no, Dram, que nooooo. No es mío, será de otro o se habrá quedado ahí cuando entramos en la cueva hace quinientos años. ¡Yo que sé! Y tú tampoco sabes porque eras, y sigues siendo, demasiado pequeño como para recordar.
Monnie se esmeraba en hablar pausado para que el pequeño comprendiera, e incluso se puso en cuclillas para dejar su cara a la altura de la de Dram, suponiendo que con ese gesto ganaría la confianza del niño y le haría rectificar.
--- ¡Que sí! ¡Que sí! Es tuyo --- gritaba Dram, haciendo caso omiso a las explicaciones de Monnie.
El pequeño daba rienda suelta a su rabieta saltando sin cesar. Su cara redonda se transformaba continuamente a través de cientos de muecas que pretendían captar la atención de los demás, pero sobre todo la misión de tal ataque de furia era recabar el auxilio de sus hermanos mayores. La cercanía de Monnie, lejos de darle confianza, le había resultado intimidante.
--- ¡Mira! Ya hiciste llorar a mi hermano. Coge la tela y vete a tu casa o no respondo de lo que pueda pasar aquí… --- amenazó Anex, el hermano mayor de Dram, ensayando una voz autoritaria y retadora, mientras apretaba los puños en señal de contención.
A los quince años Anex ya se consideraba adulto y responsable del cuidado de sus tres hermanos: Josan (un año menor que él), Ire (de once años) y el pequeño Dram, que en esos momentos buscaba protección escondido detrás de sus piernas.
--- ¡Trae esa tela! Es mía, debí perderla sin darme cuenta. --- dijo Monnie, mientras con un gesto rápido arrancaba el andrajo de manos de Alabel.
Había mentido porque le pareció la forma más rápida de dar por terminada aquella absurda conversación que no conducía a ninguna parte.
--- ¡Escuchad cómo miente! ¡Escuchad! ---dijo Alabel de repente, dibujando en su boca una sonrisa triunfal---. Yo misma puse esa tela en el suelo y ahora ella dice que es suya.
--- ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ---gritaban todos al unísono, riendo la astuta ocurrencia de Alabel.
Monnie enrojeció de rabia, se giró tan rápido como pudo y comenzó a correr hacia su casa. La cara le ardía de vergüenza mientras a sus oídos seguían llegando las voces que repetían sin cesar “¡mentirosa! ¡mentirosa!”, seguidas de sonoras carcajadas para ridiculizarla aún más, si cabía.
El camino que conducía a la mugrienta cabaña con pretensiones de ser un casa (de la que sólo tenía el nombre) trascurría por el centro de la zona de cultivos, dividiéndola en norte y sur. Y era relativamente corto, pero ella tenía la sensación de que tardaba una eternidad en recorrerlo para ponerse a salvo entre los muros de su vivienda. Sus piernas corrían rápido, pero la casa seguía demasiado lejos. De no ser por la angustia que le atenazaba el estómago y las lágrimas que hacían borroso el sendero, se hubiera imaginado que había regresado a su vida en el exterior y se divertía con uno de sus juegos favoritos: correr contrasentido en una de aquellas cintas que les transportaban colina arriba hacia el palacio. Allí también se esforzaba para avanzar en sentido contrario a la dirección de la cinta mecánica pero ésta, tan rápida como sus piernas, la mantenía constantemente en el mismo lugar.
Ahora la impotencia y la rabia habían frenado el paso del tiempo y los escasos instantes que la separaban de su refugio no llegaban nunca.
Cuando al fin logró cruzar el arco de la entrada se fue directa hacia las siaras, sin mirar hacia los lados, por si acaso los suyos ya estaban en la casa (no quería dar explicaciones sobre su llanto). Se dejó caer de golpe en la siara del centro, sin respetar propiedades, pues la suya era la de la izquierda. La del lado derecho la ocupaban sus padres y la que ahora había invadido era de la abuela Amand, la más mullida, por ser la última a la que habían cambiado las hojas debido a un exceso de humedad que procedía de la roca a la que estaba arrimada.
La casa de Monnie, al igual que las otras tres que componían el tétrico poblado, se había construido adosada a una pared de roca que se encontraba en la gran cueva, justo al lado de los campos de cultivo. Su ubicación era tan ideal que decidieron aprovecharla para formar el muro trasero de las cuatro casas. Además, la pared tenía amplitud suficiente para construirlas sin necesidad de que estuvieran adosadas unas a otras. Estaban cercanas pero, aun así, guardaban la distancia suficiente para preservar la intimidad de las familias que las habitaban. Para cerrar los laterales y la parte delantera emplearon la dura artea que alfombraba el suelo, a la que dieron forma usando métodos primitivos, a falta de otros recursos. Primero la transportaban con las manos hasta el riachuelo, allí la humedecían con agua y la amasaban hasta darle la forma de una piedra de tamaño medio. Después moldeaban los bordes y lados hasta que el amasijo adquiría una forma más o menos rectangular. Luego las dejaban secar (proceso lento debido a la humedad del interior de la cueva) hasta que servían para ser empleadas en la construcción de las paredes. Así, lentamente, al cabo de varios años, fueron construyendo sus hogares. Todos similares en tamaño y forma. Por todo elemento decorativo presentaban un pequeño hueco con forma de arco en la parte delantera, que también hacía las veces de puerta de entrada.
El interior era diáfano. Al fondo, pegadas a la roca, estaban las siaras que habían fabricado con hojas secas de fangut, la mejor base (y la única) que habían encontrado para descansar. El resto de la casa estaba ocupado en su mayor parte por la mesa donde comían (una gran roca en cuya extracción y transporte habían colaborado todos los vecinos), algunas incómodas sillas, que también eran rocas más o menos pulidas, y los utensilios que usaban para comer, en cuya elaboración habían empleado muchas horas desgastando piedras hasta darles forma de cuenco. La roca para fabricar todos aquellos utensilios había sido robada a la pared en los primeros tiempos de vida en la cueva, a base de emplear muchos días de esfuerzo colectivo, cuando aún reinaba la armonía y el sentido común entre los habitantes de aquél lúgubre lugar.
Sin objetos, ropas, ni comodidades de ninguna especie, la utilidad de las casas no era resguardarse del frío, ni del viento, ni de la lluvia (ausentes en el interior de la cueva) sino única y exclusivamente aportar un poco de intimidad a las cuatro familias que habitaban el lugar.
--- ¿Se burlaron de de ti otra vez?
Aunque Monnie había aprendido a llorar en silencio durante las miles de noches que pasaba en vela buscando una salida a aquella maldición que la había condenado a vivir eternamente en sus dieciséis años, su llanto no consiguió pasar desapercibido para la abuela Amand.
---No pasa nada tati. Ya estoy acostumbrada. ---respondió, mezclando palabras y llanto.
---Ya sé que estás acostumbrada y eso es lo que más me preocupa, porque también sé que hay algo más. Los enfados con los otros jóvenes te ponen de mal humor, pero hasta ahora nunca habían conseguido arrancarte el llanto. Te conozco lo suficiente como para saber que algo más ronda por tu cabeza. Cuéntame, soy toda oídos…
---No lo sé, tati. Nada tiene sentido. Nuestra vida no tiene rumbo porque no progresa, no vamos hacia ninguna parte. Dime… ¿con qué soñabas tú cuando tenías mi edad?
Amand frunció el entrecejo en señal de sorpresa ante la pregunta que le hacía su nieta, mientras trataba de transportarse lo más rápido posible a la época en que tuvo la edad de Monnie, quinientos ochenta años atrás.
---Soñaba con el futuro, con la libertad que me traería y también con las responsabilidades que vendrían en ese mismo lote. También con tener mi propia casa, una familia, una profesión por la que sería respetada… Todas esas cosas, lo normal… ---contestó Amand, cerrando sus pequeños ojos en un gesto que decía sin palabras “¡he metido la pata hasta el fondo! Monnie nunca tendrá ese futuro”.
---No te preocupes tati. Ya sé que no puedo permitirme soñar como tú lo hacías, porque nunca seré adulta. Me pregunto qué pasará dentro de otros cien, doscientos, mil años… ¿cómo envejecerá mi espíritu? ¡Ya soy una anciana envuelta en un cuerpo joven! Pero, cuéntame… ¿todo salió como esperabas?
Al darse cuenta de que una lágrima descendía por las mejillas de su abuela, surcaba sin obstáculos su regordete cuello y desaparecía en medio de una de las pocas arrugas que tenía en el pecho, Monnie trató de esbozar una sonrisa para paliar los estragos que sus lamentaciones y preguntas estaban causando en los sentimientos de su abuela.
---Nada de lo que vino después se asemejaba a mis sueños infantiles y todo, absolutamente todo, resultó mucho más duro de lo que yo esperaba. ---comenzó diciendo Amand, mientras rebuscaba recuerdos en un pasado muy lejano---. Cuando quise darme cuenta estaba encasillada hasta tal punto que no era dueña de mi propia vida, como les ocurre a casi todos los adultos, aunque la mayoría no se percata de ello. Verás Monnie…, cuando empiezas a trabajar, esa tarea te condiciona gran parte de la vida. Tus actos no son fruto de la libertad de elegir, sino que debes atenerte a lo que ordenan tus jefes, a lo que esperan de ti los subordinados, a lo que es conveniente… Si además convives con una pareja y tienes hijos, el resto de tu tiempo también está condicionado, pues has de dedicarte a ellos, a sus familiares, a los amigos comunes… y llega un día en que no te reconoces a ti misma porque nada queda de lo que fuiste y el reducto de tiempo en el que puedes permitirte ser tú misma, sin condicionamientos, es muy pequeño o inexistente. Nada queda tampoco de los sueños del pasado ni de la persona que los tejía. Por eso, cuando nos trajeron a este inmundo lugar, ya mi único deseo era que llegara el momento de ir a vivir al Pinate. A ti, como al resto de los jóvenes, no solíamos hablaros de ese lugar, para que no os sintierais tristes con motivo nuestra partida. Pero ese sitio existía gracias a que la sociedad de Candai estaba muy bien organizada para sacar el máximo partido a todos sus habitantes, pero también velaba por su confort cuando ya no le resultaban útiles. Así, cuando nos hacíamos viejos y no servíamos para trabajar ni para cumplir ninguna otra función social, recibíamos un aviso del Departamento de Abandono de las Funciones para que nos dispusiéramos a dejar nuestra casa y preparar el traslado al Pinate. Por supuesto, recibíamos la notificación con tiempo más que suficiente para poner en orden lo poco que quedaba de nuestra vida. En esa tarea ocupaba yo el tiempo poco antes de venir aquí, y estaba feliz porque el Pinate era un sitio hermoso, rodeado de amplios jardines exteriores, donde pasear y meditar al calor de los rayos de Asten; y en el interior también me esperaban todo tipo de comodidades para hacerme más llevadera la última etapa de mi vida.
--- ¿Por qué nunca hemos hablado de esto, tati? ---preguntó Monnie súbitamente, percatándose de que siempre usaba a su abuela como pañuelo de lágrimas y nunca se había preocupado de averiguar cuáles habían sido sus sueños.
---No lo sé, quizá porque eso ya no importa. ---contestó la abuela, regresando del pasado con los ojos empañados de lágrimas.
--- ¿Qué te gustaría que ocurriera ahora? Quiero decir…, si hubiera futuro.
---Me gustaría que llegara el descanso eterno. Verás Monnie… me siento cansada, muy cansada de vivir arrastrando de un lado a otro este cuerpo que ya no me responde. También siento que mi alma está resquebrajada por los disgustos de toda una vida. La condena es la misma para todos ---prosiguió Amand, mientras acariciaba con cariño la mandíbula de su nieta--- pero tú eres afortunada dentro del infortunio, porque siempre serás joven, tu cuerpo mantendrá su vitalidad y no te faltará la energía. ¡Mírame a mí! Estoy condenada a subsistir por toda la eternidad dentro de una carcasa debilitada, vieja y aquejada de dolores continuos. O, si miramos hacia el otro extremo, ¡piensa en Gonza!, ella siempre será un bebé, nunca llegará a comprender nada de la vida.
---Lo sé, tati. Si por lo menos hubiera otros niños distintos…
---Ya sé que no has tenido mucha suerte. ---contestó Amand, levantándose de la siara, no sin antes besar a su nieta en la mejilla---. Continuaremos hablando, pero ahora debo preparar la comida. Tu padre está a punto de llegar y ya sabes cómo se las gasta.
Monnie asintió en silencio.
En verdad no había tenido suerte alguna con sus compañeros de cautiverio.
La primera casa, comenzando por la izquierda, estaba habitada por la pareja formada por Trot y Ciosta, sus dos hijas y dos familiares. Trot era joven, alto, esbelto, pero sobre todo inteligente y buen conversador; aunque el ambiente se había apoderado de él y, con el paso de los siglos, también se había vuelto taciturno y mezquino, al uso del lugar. Ciosta, su compañera, era entrometida, mandona, coqueta y presumida, sin base física que lo justificara porque sus anchas caderas suponían un antiestético abultamiento en su cuerpo escuálido, además de una cara que captaba todas las atenciones gracias a su nariz extremadamente larga y torcida hacia la izquierda. Tenían dos hijas: Llui, un par de años más joven que Monnie, y Gonza, un bebé de pocos meses de edad. Llui había sido amiga de Monnie en otros tiempos, cuando vivían en Candai; pero el cautiverio también había conseguido sacar a la luz su parte chismosa y envidiosa de cualquier cosa por mínimo que fuera su valor. Con ellos vivía la anciana Venig, la más vieja del lugar, que gozaba de la beneficencia de la familia por ser tía de Trot. Venig nunca había tenido pareja, hijos u otros familiares que se hicieran cargo de ella, por eso su sobrino había decidido acogerla, aún en contra de la opinión de su compañera, que no soportaba las continuas visiones extrañas de la anciana ni sus conversaciones con los difuntos, que tenían lugar a cualquier hora del día o de la noche, soliviantando a cuantos se encontraban a su alrededor con fuertes aullidos que eran fruto de posesiones y abducciones, según decía ella. Completaba el grupo familiar la joven Carr, hermana de Trot, que arrastraba problemas mentales desde una desgraciada caída que había sufrido en su más tierna infancia.
La siguiente casa estaba ocupada por Portio, Aurea, Pel y Alabel. Portio era un varón de baja estatura y complexión delgada, vestido con una piel que se fruncía en mil pliegues delatando su avanzada edad. La maldad que anidaba en su interior le salía por cada poro de la piel. Su compañera, Aurea, muchos años más joven que él, había ocupado en su día un puesto de alta responsabilidad en el Gobierno de Candai, pero su mente no pudo soportar el encierro en el interior de aquella cueva y su personalidad se había deteriorado hasta límites que rayaban la locura. Solía reír por cualquier causa, con sonoras carcajadas que ponían en vilo a todo el poblado. Su hija Alabel era el fruto de aquella extraña familia y hacía cuanto estaba en su mano para superar la maldad de su padre y la locura de su madre. Junto a los tres, tratado como un marginado, vivía Pel, hermano de Aurea. A la desgracia de convivir con aquella familia, Pel unía una deficiencia física que le impedía caminar correctamente. Así arrastraba cada día su pierna izquierda peinando los campos de fangut, donde le obligaban a trabajar hasta que caía exhausto.
La siguiente casa pertenecía a la familia de Monnie, seguida por la última del pueblo, habitada por la pareja formada por Roggie y Socie, cuyas mentes también habían sido superadas por el largo cautiverio. Solían pasar los días cantando y bailando sin que hubiera nada que celebrar. Sus campos de cultivo estaban abandonados y no daban el fruto suficiente para alimentar a sus cuatro hijos (Anex, Josan, Ire y Dram), que sobrevivían como podían valiéndose de su astucia y de la poca caridad ajena que aún quedaba en el lugar.
Pero, a pesar de las deficiencias de la compañía, el cautiverio hubiera sido soportable si no les hubieran estirpado el valvas (un chip que desde niños llevaban colocado en el interior de la cabeza, anexo al cerebro) que contenía todo el saber necesario, además de la diversión apropiada para combatir la soledad porque en él se podían cargar novelas, películas y música, entre otras muchas cosas.
En el Candai que Monnie había conocido no existían escuelas, institutos o Universidades. Sólo ocio y diversión para aprovechar al máximo la mejor etapa de la vida, la infancia.
Cuando los niños alcanzaban la edad de cuatro años sus padres les llevaban al Centro del Saber, donde expertos profesionales instalaban en su mente un chip que contenía los conocimientos que se consideraban apropiados para esa edad. Después, cada año el chip era sustituido por otro que se adecuaba mejor al cambio mental del niño porque contenía conocimientos más avanzados. Al igual que los rafais se iban ajustando al crecimiento físico, el valvas se amoldaba al crecimiento mental.
Al cumplir los veinte años, los jóvenes debían decantarse por una profesión en concreto. En ese momento su cerebro estaba preparado para recibir un segundo chip que le proporcionaría toda la información necesaria para desarrollar la labor elegida. Si el sujeto era aplicado y destacaba porque iba más allá del mero cumplimiento de su trabajo, esforzándose en aportar cosas nuevas que sirvieran para mejorarlo, sus descubrimientos o invenciones pasaban a formar parte de la base de datos del Centro del Saber y serían insertados en las mentes de todas las generaciones futuras, con la consiguiente gloria que ese logro suponía para el inventor.
Por aquel entonces, en el domicilio de cada roggie había un ordenador conectado directamente al Centro del Saber. A él llegaban cada día las noticias que generaba la ciudad. También se recibían las últimas novedades literarias, musicales y las películas que se producían por ordenador en el Centro de Ocio de Candai. El proceso para pasarlas del ordenador al chip mental era sencillo, sólo había que seleccionar la materia en concreto y pulsar una tecla para que la información se transmitiera a través de ondas hasta llegar al chip de la mente receptora. Después, las novelas en audio sonaban con voz clara y pausada en el interior del cerebro, pudiendo incluso elegir entre múltiples tonos de voz. Las imágenes de las películas también se percibían con total nitidez y sólo había que cerrar los ojos para entrar de lleno en el mundo de la fantasía.
Sin embargo los cunches, como clase inferior que eran, tenían restringidos los conocimientos. Por ese motivo se les insertaba un chip diferente, que contenía la cultura considerada adecuada para las funciones que la sociedad les demandaba.
---Abuela ven, quiero preguntarte algo… ---dijo en voz alta, con el fin de que Amand pudiera escucharla desde la cocina.
Los pasos silenciosos de la anciana se acercaron a la siara donde descansaba Monnie.
--- ¿Dime? ---preguntó, esbozando una sonrisa amable.
--- ¿No echas de menos el valvas? ---preguntó, percatándose de que estaba interrumpiendo la labor de su abuela con cuestiones absurdas.
---No tanto como tú… ---contestó Amand, mostrando una media sonrisa con poso triste.
--- ¿DÓNDE ESTÁ LA COMIDA?
Su conversación se vio interrumpida por la fuerte y desagradable voz de Frec (hijo de Amand y padre de Monnie) que llegaba a casa después de dar por terminaba su jornada diaria en los campos de fangut y tenía por costumbre exigir su comida a gritos. No se sabía muy bien si ya no recordaba cómo hacerlo de otra manera o si su mal carácter no se lo permitía.
Amand y Monnie cortaron la conversación de repente, pero sin ningún tipo de sobresalto. Estaban acostumbradas a una escena que se repetía a diario: Frec traspasaba el arco de entrada, inflaba el pecho, levantaba la cabeza y exigía su comida a gritos; tras él venía Rostie, cabizbaja, mirando al suelo mientras arrastraba los pies y el alma, cansados del trabajo y de la pareja que le había tocado en suerte. Normalmente les seguía Monnie, salvo los días (como aquel) en los que su padre le permitía ausentarse. Para obtener de él esa anuencia, ella había puesto el pretexto de que necesitaba un tiempo para jugar, y él había quedado convencido de que esos momentos de asueto servirían para que ella rindiera más cuando estuviera trabajando en los campos.
Ni la abuela ni la nieta se molestaron en dar explicaciones acerca del motivo por el cual aún no estaba su comida sobre la mesa. Sabían que Frec no prestaba atención alguna a sentimentalismos que, según decía él, eran una debilidad propia de las hembras y reclamaba de inmediato lo único que para él tenía verdadera importancia: la comida. Su segunda prioridad era el descanso, como recompensa a lo que consideraba el mayor de los castigos: tener que trabajar para subsistir. Solía engullir rápidamente las hojas de fangut que Amand le servía y después se encaminaba hacia su siara en busca del merecido descanso, y todo eso ocurría sin intercambiar palabra alguna con el resto de la familia. El trabajo era para Frec la mayor de las maldiciones. Por eso ocupaba gran parte de su tiempo en desarrollar complicados cálculos mentales que tenían por finalidad encontrar la proporción exacta entre trabajo y descanso, una fórmula que le permitiera subsistir obteniendo la cantidad de comida necesaria para no fallecer de inanición, pero empleando el menor esfuerzo posible para conseguirla. El resultado era que (sin tener en cuenta la casa de Roggie y Socie) Frec y los suyos pasaban hambre más a menudo que el resto de los vecinos, en cuyas casas siempre había provisiones acumuladas para sortear épocas peores.
---Ya voy, ya voy… No hace falta que grites tanto. ¡No estoy sorda! --- contestó Amand que, aunque estaba acostumbrada a los toscos modales de su hijo, no estaba dispuesta a responder a sus exigencias en un tono amable.
Monnie también se puso en pie. Con gesto rápido se secó los restos de llanto que aún le quedaban en la cara. Sabía que no debía demorarse en acicalamientos porque su padre quería ver a la familia reunida durante las comidas y no tenía paciencia para esperarles demasiado tiempo.
---A veces hay cosas que tienen prioridad sobre la comida. Además, aunque comas un poco más tarde que de costumbre no pasa nada. --- seguía diciendo Amand, arriesgándose en el empleo de un tono de voz que rozaba el límite de lo que Frec consideraba tolerable.
--- ¿Qué puede haber más importante que reponer fuerzas después de trabajar? Quien diga que comer no es tan necesario, es porque no está cansado de trabajar como lo estoy yo. ---contestó Frec.
Amand hizo caso omiso.
Mientras esperaba su ración, tomó asiento en el sitio que desde siempre tenía reservado al lado derecho de la entrada y que todos, familiares y vecinos, respetaban porque sabían que el simple hecho de tener que sentarse en cualquier otro lugar resultaba para Frec un contratiempo y una incomodidad que no estaba dispuesto a asumir bajo ningún concepto, y mucho menos por hospitalidad. Él consideraba que si las visitas tenían la mala educación de sentarse en aquella silla, a sabiendas de que era su preferida, él no tenía ningún motivo para ser cortés con ellos. Con ese tipo de planteamientos, nadie quería arriesgarse a saber hasta donde podía llegar Frec en su descortesía.
---Aquí tienes tu comida. ---dijo Amand, mientras le acercaba el cuenco con un gesto rápido y desairado que él decidió pasar por alto.
Amand y Rosti se sirvieron su propia ración de fangut y se sentaron en silencio a degustarla, procurando no perturbar más a Frec, que ya estaba terminando de dar cuenta de la suya y después se retiraría a descansar, siguiendo la rutina que él mismo había establecido al poco tiempo de entrar en la cueva y de la que no se desviaba si no existía un motivo realmente importante, de vida o muerte, que estuviera relacionado directamente con él. Aún era renombrado el día en que se suicidó el padre de Aurea y Pel. Acababa de recibir su cuenco de manos de Amand cuando entró Aurea pidiendo ayuda a gritos porque su padre estaba muerto. Frec, incómodo, le contestó que si ya había fallecido bien podía esperar un poco más de tiempo, y si no que se hubiera suicidado en otro momento, porque también había que ser maleducado para importunar de esa manera a todos los vecinos durante los momentos de comida y descanso.
--- ¿No vas a comer Monnie? ---preguntó la abuela
---Sí, tomaré algo…
Cogió con desgana el único cuenco que quedaba y se sirvió algunas hojas machacadas y aliñadas con agua. Se sentó a comerlas en compañía de su madre y abuela, procurando mantener el silencio que reinaba en la casa para no sobresaltar el sueño de Frec, que ya se había retirado a descansar en su siara.
A pesar de que Frec exigía que los cuatro se reunieran entorno a la mesa durante las comidas, con el fin de recordarles que aún eran una familia y aportar al acto de alimentarse un toque de solemnidad, como hacían cuando vivían en el exterior, ellas tenían asumido que la única función de aquel ritual que celebraban tres veces al día era proporcionar a su cuerpo los nutrientes necesarios para recuperar el gasto de energía realizado. Pero ya habían olvidado lo que era disfrutar de una buena comida en un ambiente distendido y familiar. La suya era todos los días la misma, el menú se repetía en cada una de las comidas del día y el silencio también se sentaba con ellos a la mesa para recordarles que nada era, ni volvería a ser como antes.
Se alimentaban de hojas de fangut, una planta genéticamente modificada en los laboratorios de Magmalignus, que crecía en el interior de la cueva sin necesidad de luz. Además, para asegurar la horrible supervivencia de los que había condenado a vivir en la oscuridad, Magmalignus modificó la planta de tal manera que por sí sola contenía todas las vitaminas, proteínas y otros nutrientes necesarios para que la salud de los que se alimentasen de ella no se resintiese y quedase así asegurada su condena eterna. No quiso correr el riesgo de que la desnutrición les matara, liberándoles de la maldición que les había echado como castigo a su fidelidad al Rey Kiyama.
El día de la invasión de Candai (quinientos años atrás), los demás roggies (a quienes el miedo del momento había borrado el sentimiento de fidelidad que sentían hacia a su soberano) corrieron mejor suerte que Monnie y sus compañeros de cautiverio, porque ellos hallaron la muerte aquel mismo día. Cuando Altrus les preguntó acerca de sus fidelidades a la realeza, ellos renegaron del Rey Kiyama y declararon su lealtad a Altrus, quien la rechazó en medio de una sonora carcajada, alegando que el nuevo Rey de la galaxia no quería traidores entre sus súbditos. Acto seguido y sin perder la sonrisa, ordenó a sus secuaces que les dieran muerte inmediata. Monnie y los suyos se mantuvieron fieles al Rey Mahi y, como recompensa a su lealtad, recibieron una vida eterna, confinados en el interior de aquella cueva y subsistiendo a base de hojas de fangut.
En los primeros tiempos de adaptación a la vida en la cueva comían las hojas directamente de la planta, cada uno cuando le apetecía. Por aquel entonces estaban desorientados y asustados. Temían por lo que pudiera depararles el futuro y, en aquellas circunstancias de provisionalidad, consideraban absurdo establecer normas de convivencia. Pasaban el día acostados los unos al lado de los otros, sin tener en cuenta parentesco o relaciones de pareja, con la única finalidad de sentirse acompañados en el miedo, que era común a todos ellos.
Las primeras reacciones se produjeron cuando comenzó a escasear la comida y se percataron de que la plantación que Magmalignus les había dejado necesitaba de unos cuidados diarios o, de lo contrario, las plantas se morirían, tal y como él había vaticinado.
Para atender los campos establecieron una rutina diaria de trabajo, que durante años realizaron todos juntos en buena armonía. Pero poco a poco fue desapareciendo el miedo que les unía y surgieron las desavenencias, principalmente porque todos ellos habían llegado a la misma conclusión: que desarrollaban más trabajo y que consumían menos cantidad de comida que los demás. Así era como el prójimo se aprovechaba de su labor. Las discusiones surgían a cada momento y los reproches también. Finalmente, después de muchos debates, llegaron a un acuerdo: para evitar que todos consideraran que estaban trabajando en beneficio del vecino, la mejor solución era repartir la plantación en cuatro partes iguales, una para cada familia, de esa manera cada uno trabajaría para sí mismo y para los suyos.
Así fue como acabó la cooperativa agraria para dar paso a explotaciones particulares, quedando los grupos familiares bien definidos.
Al reparto de la zona de cultivo le siguió el deseo natural de intimidad, que a su vez trajo consigo la necesidad de construir aquellas modestas casas, para que las familias no estuvieran mezcladas.
Y poco a poco fueron recuperando algunas otras costumbres que daban a su vida un falso aspecto de normalidad, entre las que estaba el ritual de la comida que se repetía tres veces al día, tratando de respetar los horarios de antaño, presentes en la mente de todos ellos como reminiscencias de lo que había sido su vida en el exterior.
Aunque ignoraban cuando era día y cuando noche (el interior de la cueva siempre estaba invadido por la misma luz, muy tenue y de color rojizo), lograron establecer una rutina de asombrosa coincidencia con el ciclo horario del exterior, basada únicamente en la intuición colectiva y en la exacta repetición día tras día de cada una de las tareas que hacían. Su reloj biológico les indicaba cuando era el momento de levantarse y tomar la primera comida del día, seguida del trabajo en los campos de fangut hasta que su cuerpo daba la señal de alarma para la siguiente comida. Luego volvían al trabajo, bien en el fangut, en la expansión de los terrenos o fabricando utensilios caseros. Y la jornada finalizaba con otra comida que daba paso al siguiente descanso, supuestamente el nocturno.
Sólo Monnie sabía con certeza que estaban perfectamente sincronizados con el exterior, que trabajaban cuando afuera era día y dormían al caer la noche. Sus visitas a la boca de la cueva así se lo habían demostrado.
Ella pasaba los días ansiando que llegara el momento de irse a dormir. El trabajo en los campos se le antojaba eterno, las comidas también y en general cada instante de actividad en la cueva. Era como si los días fueran más largos cada vez y la noche no llegara nunca. Cuando se acostaba sobre la siara, sonreía de felicidad pensando que, al fin, había llegado el momento.
Desde que comenzó a visitar la boca de la cueva, en concreto desde el mismo día que le vio a él, su mente dejó de viajar en pesadillas a los lúgubres sitios de antaño; y ahora sus sueños la transportaban hasta una maravillosa vida exterior que se desarrollaba en una casa llena de luz, de ropas bonitas y de exquisitos manjares que se reponían por arte de magia para que a ella nunca le faltara de nada. En esa casa sólo estaban ella y el humano de extraño aspecto, con la cabeza coronada de filamentos dorados. En realidad sólo sabía su nombre, Samuel, aunque en sus sueños eran amigos y cada mañana se despedía de ella con un beso en la mejilla y un susurro al oído para decirle que no faltase a la cita en el siguiente sueño. Ella asentía, sonriendo y pensando en la primera vez que le había visto. No lograba entender por qué se sentía tan bien a su lado, teniendo en cuenta el susto que se había llevado en aquella primera ocasión.
Cómo había logrado colarse en sus sueños y hacerse imprescindible en su vida era todo un misterio.
Todo había empezado con el hallazgo de la casa en la que habitaban (el “sacai” como ella solía llamarle a aquella vivienda con forma de cubo).
Durante los primeros cien años de su vida en el interior de la cueva se abstuvo de hacer indagaciones por los alrededores. Sentía auténtico temor a lo que pudiera encontrarse más allá del poblado y los campos. Su familia y vecinos decían que aquella luz tenue que invadía la cueva se convertía en cegadora nada más traspasar la zona de cultivo, y que quemaría la piel y los ojos de todo aquel que se aventurase a exponerse a ella.
Pero poco a poco la curiosidad fue venciendo al miedo. Con mucha cautela se acercó primero hasta el límite de los campos. En la zona este había un túnel invadido por la misma luz rojiza, ni más ni menos intensa que la del poblado. Esa luz permitía ver un estrecho sendero que partía desde la entrada y se perdía a lo lejos, donde sus ojos ya eran incapaces de distinguir. De la zona oeste salía otro sendero, con trazo paralelo al riachuelo que surcaba la cueva.
Pasó muchos días acercándose hasta el túnel del lado este, mirando, tratando de escudriñar en su interior para adivinar a dónde conduciría aquel sendero. Un día se atrevió a dar un paso hacia a delante y comprobó que su piel y ojos seguían en buen estado. Al día siguiente regresó. En lugar de un paso, avanzó dos. Al otro día tres, y así hasta que, al cabo muchos días, quizá años, consiguió recorrer el túnel completo. Se decepcionó cuando comprobó que el camino moría de repente al tropezar con una gran pared de artea. No obstante le pareció el escondrijo perfecto. Cuando estaba exhausta, cansada de trabajar en los campos, de ver como su familia y el resto que le rodeaban iban perdiendo la cordura poco a poco, enfilaba el túnel (que ya había sido bautizado como “El túnel del Velven” -Velven significaba muerte en el lenguaje kimis-) y se refugiaba al final, sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra la pared que le daba fin. Todos le preguntaban a dónde iba durante aquellas ausencias. Ella se limitaba a contestar que le gustaba sentarse a descansar en la boca del túnel. Estaba segura de que ninguno se atrevería a aventurarse para comprobar si eran ciertas sus afirmaciones.
Un día de los tantos que acudió al lugar, escuchó voces al otro lado de la pared de artea. Eran casi inaudibles. No conseguía comprender lo que decían, pero estaban allí al fin y al cabo. Quizá fueran su salvación y la del resto de los condenados a vivir en aquella inmunda cueva. Debía llegar hasta ellos.
Empleó más de doscientos años en arañar la pared. Cada día acudía al lugar y sacaba unos cuantos puñados de artea, los envolvía en el viejo rafai con el que había entrado en la cueva (que ya le resultaba inservible como vestido porque estaba tan desgastado que era lo mismo que ir desnuda) y luego los iba desperdigando poco a poco a lo largo del túnel durante el camino de vuelta.
Al desconocer la orientación del lugar que provenían las voces, al principio escarbaba la pared en las tres direcciones (frontal, izquierda y derecha). Tras muchos años y puñados de artea extraídos consiguió formar una especie de sala cuadrada. Siguió excavando hasta que percibió que los ruidos estaban al otro lado de la pared frontal. Entonces centró su trabajo en aquel lateral.
Los sonidos y conversaciones del otro lado se iban haciendo más perceptibles a medida que progresaba la excavación, hasta que un día tuvo la sensación de que, si seguía avanzando, abriría una ventana al otro lado y la descubrirían. Ya podía escuchar perfectamente lo que hablaban: casi siempre quejidos y lamentos acerca del tipo de vida que les había tocado en suerte. Las conversaciones duraban un espacio de tiempo muy corto y después reinaba el silencio. Poco más tarde se adueñaban del ambiente los sonidos típicos del sueño: una inmensidad de ronquidos, tosidos, quejidos amorosos, etc. ¡Al otro lado de la pared habitaba una multitud! Y ella debía verlos. Quería saber quienes eran, por qué estaban allí, por qué eran tan desgraciados en la vida. Deseaba saberlo todo de ellos.
Con sumo cuidado y ayudada por una pequeña piedra plana, abrió una ranura en la estrecha pared que la separaba del objetivo de su espionaje.
Tardó en comprender qué era todo aquello. Durante los primeros días sólo pudo mantener la mirada en la mirilla durante escasos segundos porque la visión que percibía desde el otro lado le producía pánico y malestar. Cientos de sucios colchones alfombraban el suelo de aquel lúgubre lugar, cuyas paredes grisáceas cerradas a cal y canto (salvo por aquellas pequeñas ventanas ubicadas cerca del techo) producían claustrofobia. Todo allí estaba sucio, vacío, inhóspito y sus habitantes rezumaban tristeza por cada poro de la piel.
Cuando comprendió que aquellos eran los descendientes de los cunches que ella había conocido y que estaban sometidos a la esclavitud por parte de Magmalignus, descendió del altillo al que se subía para llegar a la mirilla (que había colocado en un sitio elevado para tener una visión más amplia), emprendió la huida a la carrera y tardó muchos días en regresar a aquel lugar.
Después, durante un tiempo repitió las visitas casi a diario, hasta que tuvo que dejarlo para cuidar a su abuela, que se sumergió durante años en una extraña enfermedad que la había confinado en la siara haciéndole llorar de tristeza constantemente.
Cuando Amand se hubo recuperado, ella regresó al final de la cueva con visitas diarias, hasta que se aburrió porque siempre hacían lo mismo y en el mismo momento del día.
Fue entonces cuando decidió explorar la parte oeste.
Se aventuró por el sendero que acompañaba al riachuelo en su recorrido a través la cueva hasta que consiguió llegar hasta el otro lado. Se paró en cuanto percibió la luz que provenía del exterior. Pero allí no había nada y tampoco podía tomar aquel lugar como sitio de aislamiento y descanso porque corría el riesgo de que la luz le quemara la piel. La segunda vez que visitó aquel lugar, mucho tiempo después, encontró la casa. Ante ese nuevo hallazgo las visitas se hicieron diarias, pero no podía acercarse hasta ella lo suficiente como para averiguar qué era aquello porque la escasa luz que se colaba por los laterales era suficiente como para quemarle la piel y dejarla ciega.
Después de dar muchas vueltas al asunto se le ocurrió la idea de fabricarse un vestido de barro tan opaco que la luz exterior fuera incapaz de traspasarlo. Serviría de base la artea del suelo, que humedecida con agua del riachuelo formaría una especie de pasta con la que embadurnaría su cuerpo. Taparía los ojos con las manos, dejando únicamente una pequeña ranura por la que espiar el horizonte.
Con dudas sobre la eficacia de tan singular protector, avanzó despacio hasta parapetarse detrás de las dos rocas que estaban cercanas a la casa. Y entonces le vio a él.
El susto fue tan grande que durante un tiempo sólo pudo recordar el impacto que le causó la visión del “monstruo” y como acto seguido, sin saber qué ocurrió en el intermedio, apareció acostada en su siara, temblando de miedo e incapaz de discernir si lo vivido había sido sueño o realidad. Aquel ser no se parecía a ningún animal de los que ella recordaba. Salió de una esquina de la casa caminando solo, pensativo, con aquellos pequeños ojos clavados en el suelo. ¡Y se dirigía al lugar donde ella se ocultaba! Pero, por suerte, se paró antes de llegar y decidió repentinamente dar media vuelta. Los ojos de Monnie, acostumbrados a la oscuridad, vieron perfectamente su cara, pálida como la del único muerto que había visto (el padre de Aurea y Pel). Su aspecto era espeluznante. Coronaba su tronco con una cabeza diminuta y sin orejas, pero adornada en la parte de arriba con una especie de filamentos que le colgaban por delante, detrás y los laterales.
Esa misma noche él se adentró en sus sueños. Monnie le veía acercarse al poblado y observarla desde la lejanía mientras ella, a su vez, le miraba parapetada detrás del arco de entrada a su casa.
En la realidad pasaba los días sin atreverse a salir fuera del poblado. Cuando finalizaba el sueño y ella estaba de regreso en el mundo real, sentía pánico con sólo recurrir a la visión de Samuel avanzando por el camino hacia el lugar donde ella se encontraba.
Pero, transcurrido un tiempo, la curiosidad volvió a vencer al miedo para animarla a regresar a la entrada de la cueva. ¡Y lo vio de nuevo! Pero esta vez no huyó, sino que aguardó en su escondrijo, como hizo todos los días que siguieron, en los que pudo comprobar que había otros dos “monstruos” en tamaño pequeño, y uno de ellos era una réplica exacta del mayor.
Pero también había otros kimismanos como ella, varones y hembras, que convivían con los monstruos sin darle importancia a su aspecto. Todos ellos guardaban gran respeto y pleitesía hacia el mayor, al que llamaban Samuel. En alguna ocasión le pareció escuchar también el nombre Kiyama, pero… ¡no era posible!
Tan grande había sido el impacto que ahora aquél extraño se había colado en su subconsciente, ella se había acostumbrado a su presencia y no quería enseñarle la puerta de salida.
A punto de quedarse dormida y dispuesta a acudir a la cita nocturna que tenía lugar durante sus sueños, Monnie estaba pensando que los quinientos años de vida en la oscuridad le estaban pasando factura y que su mente imaginaba cosas extrañas. Tal vez aquellos sueños sólo eran un bastón en el que apoyarse. Era triste vivir de ilusiones para eludir el enfrentamiento con la realidad, pero lo peor era tener la certeza de que nada podría cambiar, pues la maldición de Altrus había sido muy estricta: “SI LA LUZ TOCA VUESTRA PIEL OS QUEMAREIS Y MORIREIS SUMIDOS EN EL DOLOR MAS GRANDE QUE SE PUEDA CONOCER. SI LA LUZ TOCA VUESTROS OJOS, QUEDAREIS CIEGOS. TAMPOCO ABANDONAREIS LA CUEVA DE NOCHE, PUES, SI VUESTRA PIEL ENTRA EN CONTACTO CON EL AIRE DEL EXTERIOR, REACCIONARÁ CREANDO ERUPCIONES, CUYO DOLOR SE HARÁ INSOPORTABLE DURANTE TODA LA ETERNIDAD”.
Quinientos años en las tinieblas habían aclarado su piel hasta dejarla casi transparente y también habían obstruido sus sentidos, salvo el del oído, que era cada vez más agudo. En compensación, algunos de los condenados, y especialmente ella, fueron desarrollando la capacidad de percibir y reconocer el espíritu ( la parte no visible de los seres); y, no sin asombro, descubrieron que era tan personal e irrepetible como el aspecto físico y, como éste, puede ser bello y atrayente, o feo y desagradable. Y, como el cuerpo, el alma también es vital e irradia frescura al comienzo de la vida y se muestra cansada y arrugada en la vejez.

6 comentarios:

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  3. He leido una parte del primer capítulo y ya me he decidido a leer la obra completa. No son estas las horas horas, pero me guardo la página en favoritos y me lo leo en un momento más conveniente.


    He venido atraído a través de escritores.org. Yo también soy escritor y llevó algunos años escribiendo. Estoy a punto de terminar una novela y espero publicarla, aunque nunca se sabe. Sé que tu estás buscando editorial, no puedo ayudarte, pero sí darte un consejo.
    He leido por internet que hay gente que ha intentado publicar su obra, el editor le ha dicho que sí y luego dijo que no. La causa de que se negase fue el hecho de que la obra estuviese publicada previamente en Lulu, en Bubok o en cualquier otro sitio. Cuando tú publicas en uno de esos sitios se te asigna un ISBN que lo complica todo, pues la obra está registrada como editada y la editor que quiere publicarla a partir de ese momento debe comprarla a Bubok a través de un contrato para poder publicar su obra (es lo que yo entendí por lo que contaba el tipo que se lamentaba en un foro). Si puedes, retira la obra de Bubok, revísala, regístrala en la oficina de propiedad intelectual del Ministerio de Cultura (el impuesto de registro cuesta poco y requiere unas pocas páginas algo liosas de papeleo… Las dudas te las resuelven llamándoles al Ministerio) y luego vuelve a intentarlo con editores y agentes. Te recomiendo el blog de Teo Palacios: www.fantasticaliteratura.blogspot.com. Entre sus post antiguos tiene algunas joyas que te orientarán (hace unos dos meses que publicó su primer libro).
    La causa de que te recomiende registro en propiedad intelectual es que así Bubok se queda con los derechos de la primera edición de la obra (cuyo contrato no pueden utilizar porque la obra la has retirado de su web y por lo tanto, no están autorizados a venderla a pesar de tenerla editada) y tú posees los derechos de la revisión y te quitas de en medio cualquier problema.

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  4. hola Elisa, me alegra tenerte por mi blog un saludo y suerte con tu libro que vales para ello. que no te afecten comentarios de necios.

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  5. guaaa!! me ha encantado espero que os guste el mio

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